Libro1

IMAGENA poco menos de un año, y habiendo agotado la primera edición, Peguelé hasta dejarlo morado está en todas las librerías de Córdoba ciudad (incluidos Córdoba Shopping Center, Nuevocentro Shopping y Dinosaurio Mall en sus dos direcciones). En el interior, en las localidades de San Francisco, Río Cuarto, Villa María, Río Tercero, Santa Rosa de Calamuchita, Jesús María, Villa Allende, Cosquín, Carlos Paz, Alta Gracia, Villa Dolores, La Falda, Mina Clavero, Las Varillas y La Cumbre. La cadena Jenny/El Ateneo lo distribuye en todas las sucursales que tiene en el país: Tucumán, Santa Fe, Rosario, Buenos Aires, Mendoza y Salta; además, las librerías que conforman nuestra cartera de clientes en San Juan, Santiago del Estero, La Pampa, San Luis y Catamarca también lo tienen a la venta.
Donde quiera que estés, pedilo. Podés comprarlo por sistema contra reembolso pagando los gastos de envío. Si comprás 2 ejemplares o más, te descontamos los gastos. (SOLICITAR HACIENDO CLICK ACÁ).

Ediciones del Boulevard

16 comentarios to “Libro1”

  1. Jackie Says:

    José, en vista de que mi suegra no tiene para cuando miércoles comprar y enviarme tu libro, te propongo que desde acá te envío la plata y de una vez compro Peguelé, el libro de cuentos y tu próxima publicación… aspetto risposta, ¡grazie!

  2. José Playo Says:

    Jackie: va a ser más fácil que lo hagas vía “solicitar haciendo click acá”, porque lo que es yo, con esto de la plata girada internacionalmente, no me fío. Cuando salgan los próximos, podemos ver de instrumentar un sistema mejor. Por ahora te agradezco de corazón que seas así de Jackie. Beso, José.

  3. Jackie Says:

    No me hagas caso José, era un “chicle y pega” para ver si de paso me los enviabas autografiados jajajajajaja :=P , no os preocupeis, ya veré cómo apuro a mi suegra, mientras tanto, hace unas semanas envié una sugerencia vía mail a Librerías Ghandi (una de las más importantes en México), para ver cómo hacen, pero yo quiero las publicaciones de José Playo al alcance de unas cuadras.

    Beso

    La Jackie

  4. José Playo Says:

    Jackie: ¡ay!

  5. Jackie Says:

    No problem… 🙂

  6. Camilo Says:

    La conciencia me carcome… y si, aun te debo la cerveza (y algún sólido) para compensar que leí “Peguele…” de garrón.
    La intención estuvo… más no la constancia. al primer “no, no lo tengo” bajé los brazos… y un compañero me salvó!
    Por cierto, un caño el libro!

    Mensaje a los lectores:
    No sea rata como yo, COMPRELO, vale la pena!!!

  7. José Playo Says:

    Camilo: lo importante es que lo hayas leído. Quienes creen que uno se llena de guita publicando libros están equivocados, siempre lo digo, salvo contadas excepciones -y por estas tierras hay poquísimas, creéme-. Lo importante, repito, es que lo hayas conseguido. Gracias, Camilo. Un abrazo y ya nos daremos oportunidad de chocar los vasos.

  8. Pablo Giordano Says:

    No sé si es de interes, José, pero ahí se nombra a mi ciudad. Te cuento que el libro jamás estuvo acá en Las Varillas. Hay una sola librería/juguetería/regalería donde tienen algunos libros. Eso es todo. Yo, por ejemplo, lo tuve que pedir a Tematika (Yenny/Ateneo) y me llega la semana que viene.

  9. José Playo Says:

    Pablo Giordano: es muy buen dato, se lo voy a pasar a la Editorial. Un abrazo grande y lamento la confusión.

  10. carla200403 Says:

    gracias Pablo por el dato. me recorri toda la ciudad y no lo encontre, ahora gracias a vos en 7 dias me llega. saludos jose

  11. José Playo Says:

    Grande, Pablo; saludos, Carla.

  12. juanjo Says:

    Debe haber un error, en santiago del estero no lo consigo, ojalà mi cuñada Ana lia lea este comentario puesto que en lugar de regalarme el libro, me sugiriò esta pagina. ya se como comprarlo liaaaaa¡ muy bueno, amigo te felicito y gracias a lia que permitio leer unas paginas

  13. José Playo Says:

    juanjo: en honor a la verdad, yo no manejo la distribución, pero voy a consultarlo con la editorial para ver qué pasa. “Donde haya un lector, debería haber un libro”. Mirá qué buena frase que sonaría menos soberbia saliendo de otra trompa justo ahora que estamos hablando de eso.
    Gracias a Lía, claro.
    Saludos.

  14. Con los ojos bien abiertos « Peinate que viene gente Says:

    […] Con los ojos bien abiertos No era justo, nadie merecía un final así. Venía corriendo por un bosque lleno de árboles inmensos, saltando los troncos caídos y esquivando las ramas bajas que parecían querer detenerlo. Corría con la velocidad imposible que imprimen el miedo y la certeza de que estaban cerca. Saltó por encima de una pequeña laguna y tropezó del otro lado con una piedra cubierta de musgos, se incorporó y continuó huyendo. La luna estaba hinchada de blanco y el follaje refulgía con un extraño brillo lechoso. En algún momento pudo escuchar el canto de los búhos. Atrás iban quedando los rastros; cualquier perseguidor sabría leer sus huellas en las verdosas pisadas junto a los charcos, sabría oler su miedo adherido en el tronco de los árboles y sabría escuchar su respiración agitada en el viento y en el aire que cortaba a su paso. Tal vez no todo estuviera perdido, los hombres de atrás debían ser buenos, ya lo habían demostrado descubriéndolo donde pensó que nadie lo buscaría, pero no habían podido darle muerte en el mismo lugar y gracias a la suerte salvó el pellejo. Debía seguir. Era eso o la muerte, sin más remedio. A pesar de la piel sudada, de la presión del aire faltante, no podían atraparlo. Continuó en línea recta hasta el segundo claro del bosque, donde viró bruscamente hacia la derecha en dirección a la ruta que corría junto al arroyo; si conseguía cruzar sus aguas turbias las probabilidades de sobrevivir se incrementarían. Tenía la ventaja de conocer muy bien el terreno, después de todo, se había criado en ese lugar. Aunque quizá el miedo promovía esos cambios que hacían que la luz brotara así entre la niebla, trepando por los árboles, convirtiendo al bosque en un lugar distinto, desconocido. Esta noche, con los planes cambiados, los ojos sólo le devolvían postales marchitas de su tierra acogedora y tranquila. Saltó por encima de un inmenso osario vacío de carne y la visión lo espantó, obligándolo a apretar el paso y a mirar a los costados para anticiparse. Tropezó con la raíz de un árbol en mitad del sendero. Pocas oportunidades le quedaban ahora que sus piernas casi no respondían y que el esfuerzo fatal fluía lento en la rigidez de sus músculos. Siguió a la rastra con ese cansancio imposible, serpenteando y dando tumbos, tropezando sobre ese suelo hermoso conquistado alguna vez, con la abnegada convicción de salvar su vida, a pesar del dolor punzante de cada latido. Cuando divisó, iluminada por la luna entre los árboles, la inexpresiva presencia de la ruta, la esperanza se renovó en su pecho. Pero estaba exhausto y había perdido demasiado tiempo. A medio camino entre una banquina y la otra escuchó las voces y vio salir desde el follaje las luces de las potentes linternas. Estaba a unos metros del arroyo cuando sonó la primera descarga y un calor de fuego le quemó la espalda. No cayó. Atrás, las voces sonaban excitadas y superpuestas, se alentaban entre ellos tomándose la libertad de elegir quién efectuaría el segundo disparo. Notó sobre el cuerpo un manto negruzco de sangre que manaba de la herida. Supo así que no alcanzaría la orilla opuesta, e igual se precipitó para intentarlo. La cobardía de vencerlo en inferioridad de condiciones resonaba en ecos oscuros desde las bocas de los perros. Unos metros antes de llegar al agua sus piernas se enredaron, como si su cuerpo se hubiese dado por vencido; trató de incorporarse con un espasmo, pero casi no le quedaba sangre y estaba agotado. Escuchó los gritos bestiales ya como venidos de otro mundo y las luces lo apuntaron. No había escapatoria. Los temblores le punzaban las coyunturas y la suerte se resumía a que no lo dejaran agonizando. Cualquier cosa sería mejor que el cansancio aquél, que el terror aquél. Entonces aparecieron los hombres y se quedaron mirándolo. Hubo unos segundos de contemplación y respeto. Había dado buena batalla en el monte desierto. Se incorporó y se mantuvo de cara frente a ellos. A su espaldas estaba el arroyo, sobre su cabeza estaban los árboles y más arriba la luna, imposibles de alcanzar. Las luces de las linternas lo cegaban, la respiración se le escapaba por la boca formando volutas de vapor que desaparecían sobre su pecho. Antes de morir despedazado por las descargas, miró hacia el cielo buscando los búhos que se habían equivocado marcándole el camino. No los encontró. Murió finalmente con los enormes ojos negros muy abiertos, con la lengua afuera de la boca, como mueren los ciervos.. . Del libro Peguelé hasta dejarlo morado. […]

  15. José Playo » Con los ojos bien abiertos Says:

    […] No era justo, nadie merecía un final así. Venía corriendo por un bosque lleno de árboles inmensos, saltando los troncos caídos y esquivando las ramas bajas que parecían querer detenerlo. Corría con la velocidad imposible que imprimen el miedo y la certeza de que estaban cerca. Saltó por encima de una pequeña laguna y tropezó del otro lado con una piedra cubierta de musgos, se incorporó y continuó huyendo. La luna estaba hinchada de blanco y el follaje refulgía con un extraño brillo lechoso. En algún momento pudo escuchar el canto de los búhos. Atrás iban quedando los rastros; cualquier perseguidor sabría leer sus huellas en las verdosas pisadas junto a los charcos, sabría oler su miedo adherido en el tronco de los árboles y sabría escuchar su respiración agitada en el viento y en el aire que cortaba a su paso. Tal vez no todo estuviera perdido, los hombres de atrás debían ser buenos, ya lo habían demostrado descubriéndolo donde pensó que nadie lo buscaría, pero no habían podido darle muerte en el mismo lugar y gracias a la suerte salvó el pellejo. Debía seguir. Era eso o la muerte, sin más remedio. A pesar de la piel sudada, de la presión del aire faltante, no podían atraparlo. Continuó en línea recta hasta el segundo claro del bosque, donde viró bruscamente hacia la derecha en dirección a la ruta que corría junto al arroyo; si conseguía cruzar sus aguas turbias las probabilidades de sobrevivir se incrementarían. Tenía la ventaja de conocer muy bien el terreno, después de todo, se había criado en ese lugar. Aunque quizá el miedo promovía esos cambios que hacían que la luz brotara así entre la niebla, trepando por los árboles, convirtiendo al bosque en un lugar distinto, desconocido. Esta noche, con los planes cambiados, los ojos sólo le devolvían postales marchitas de su tierra acogedora y tranquila. Saltó por encima de un inmenso osario vacío de carne y la visión lo espantó, obligándolo a apretar el paso y a mirar a los costados para anticiparse. Tropezó con la raíz de un árbol en mitad del sendero. Pocas oportunidades le quedaban ahora que sus piernas casi no respondían y que el esfuerzo fatal fluía lento en la rigidez de sus músculos. Siguió a la rastra con ese cansancio imposible, serpenteando y dando tumbos, tropezando sobre ese suelo hermoso conquistado alguna vez, con la abnegada convicción de salvar su vida, a pesar del dolor punzante de cada latido. Cuando divisó, iluminada por la luna entre los árboles, la inexpresiva presencia de la ruta, la esperanza se renovó en su pecho. Pero estaba exhausto y había perdido demasiado tiempo. A medio camino entre una banquina y la otra escuchó las voces y vio salir desde el follaje las luces de las potentes linternas. Estaba a unos metros del arroyo cuando sonó la primera descarga y un calor de fuego le quemó la espalda. No cayó. Atrás, las voces sonaban excitadas y superpuestas, se alentaban entre ellos tomándose la libertad de elegir quién efectuaría el segundo disparo. Notó sobre el cuerpo un manto negruzco de sangre que manaba de la herida. Supo así que no alcanzaría la orilla opuesta, e igual se precipitó para intentarlo. La cobardía de vencerlo en inferioridad de condiciones resonaba en ecos oscuros desde las bocas de los perros. Unos metros antes de llegar al agua sus piernas se enredaron, como si su cuerpo se hubiese dado por vencido; trató de incorporarse con un espasmo, pero casi no le quedaba sangre y estaba agotado. Escuchó los gritos bestiales ya como venidos de otro mundo y las luces lo apuntaron. No había escapatoria. Los temblores le punzaban las coyunturas y la suerte se resumía a que no lo dejaran agonizando. Cualquier cosa sería mejor que el cansancio aquél, que el terror aquél. Entonces aparecieron los hombres y se quedaron mirándolo. Hubo unos segundos de contemplación y respeto. Había dado buena batalla en el monte desierto. Se incorporó y se mantuvo de cara frente a ellos. A su espaldas estaba el arroyo, sobre su cabeza estaban los árboles y más arriba la luna, imposibles de alcanzar. Las luces de las linternas lo cegaban, la respiración se le escapaba por la boca formando volutas de vapor que desaparecían sobre su pecho. Antes de morir despedazado por las descargas, miró hacia el cielo buscando los búhos que se habían equivocado marcándole el camino. No los encontró. Murió finalmente con los enormes ojos negros muy abiertos, con la lengua afuera de la boca, como mueren los ciervos.. . Del libro Peguelé hasta dejarlo morado. […]

  16. Familiarizar el despelote « Pinchilón Fonseca Says:

    […] amigo el José tiene una esposa bellísima, una hija más linda aun y tres libros, tres libros, recomendables para hacer cagar de la risa a cualquiera que no se relama en […]

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