Archive for the ‘Lecturas’ Category

Un verano de novela

marzo 7, 2008

Estas vacaciones me dieron la posibilidad de ponerme al día con algunos libros que me prestaron en la editorial, otros que me regalaron y un par más que tenía en mente desde que salió la posibilidad de irnos de vacaciones a leer y mandar todo al carajo.
Hago la salvedad (indispensable, necesaria, de rigor para este caso) de que voy a evitar decir “es un libro malo”, cosa que me parece un acto de absoluta soberbia, más viniendo de alguien que no tiene fundamentos para hacer crítica literaria (yo).
Intentaré reseñarlos de lector a lector, para que seamos más justos con los trabajos, mencionando por qué me gustaron y por qué no, o, mejor, qué rescato de cada uno, que es una postura siempre más moderada.
Es al pedo, soy un chico aplicado.
Cada vez que un libro me cae en la mano la cabeza me hierve de pensar en el trabajo que le habrá tomado a esa persona llegar a terminarlo. No creo en la crítica destructiva, y muchos autores de este compilado son conocidos o amigos, así que pretendo ser bien subjetivo y muy poco claro.
Aprovecho el post para agradecerle a Guillermo Schulmeier, de Sin Serif, por el mini-repo.
Este verano me tomé:
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libroLa sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón

Resultó ser la típica historia que, a las cuarenta o cincuenta páginas, quería tirar sobre el hombro para olvidarme de que hay gente que escribe mucho mejor que yo. No lo digo para alentar a lectores indecisos, más bien lo digo porque lo que ha logrado el pelado RZ es encontrarle la vuelta al culebrón sin que se te dispare la glucosa.
Es una novela digna de llevar al cine, un derroche de planos fáciles de guionar, matizados con mucha metáfora bien lograda, puesta en el momento justo, siempre para simplificar y no para alardear. Si hay un mérito en este laburo concatenado de intrigas policiales ambientadas en épocas donde todavía no había muchos autos, es el de mantener, mediante pequeños enigmas, la tensión argumental y no soltarte la mano hasta el final. Buen compañero. Cuando ya no quedan golpes de efecto, Zafón empieza a destapar las ollas y los guisos apestan. Muy entretenido, me hizo pasar un buen rato.
Lo leí mayormente en la cama y en una escalinata con buena sombra escuchando Bob Dylan.
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Alegoría del Kumball (cap. 1)

septiembre 4, 2007

alegor�a del kumballNo lo supe en ese momento, pero al día siguiente Gadda estaría muerto.
Fue el último en acostarse en una cama frente a la mía, del otro lado de la habitación.
El refugio era grande y los ronquidos de Bernard y Von Freist acribillaban el aire. Mi amigo Gadda, apoyando la espalda en la pared, canturreaba una canción de cuna rumana mientras revisaba la mochila. Entre nosotros, sobre el piso, una vela chisporroteaba. El lugar tenía techos altos y ventanas en todas las paredes. La que había junto a mi cama era la más grande, y enmarcaba un paisaje alpino profundo y lechoso bajo la luna que trepaba entre las estrellas derramando su brillo azulado.
Adentro, entre las camas, el débil fulgor del candil en el piso proyectaba una sombra detrás de Gadda, una réplica suya regordeta que oscilaba caprichosa parodiando la curva de sus hombros, los mechones de cabello sucio en su cabeza.
Estaba empezando a adormecerme cuando le oí decir:
Toudo ecstá listou.
—Gadda, intenta dormir un poco, nos espera un día difícil mañana —murmuré.
Antes de que mi cabeza se desplomara en la almohada y los ojos se me cerraran, vi que contemplaba los árboles y las montañas a través del ventanal junto a mi cama.
Es una nouche herrrrmosa —fue lo última que este mundo y yo le oímos decir.
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Envejecimiento ilícito

agosto 7, 2007

Hoy me bañé, me sequé y empecé a vestirme.
Después de los pantalones y la remera, me sacudí un pie y me dispuse a calzarme una media cuando vi el mapa, justo en el hueso puntudo del tobillo: várices, che.
Está bien, no eran esas cosas gordas y violáceas abultadas trepando como gusanos oscuros por debajo de la piel. Son finitas, rojitas y azuladas, una cosa rara que no sé bien qué es.
Lo primero que pensé fue que algún enano enculado conmigo se había vengado rayándome las patas con lapicera, pero no, una segunda inspección me mostró lo que más temía, que me estoy convirtiendo en una vieja.
Ya sé, uno bromea con esas cosas, comenta con sus congéneres las repentinas fatigas, los achaques, las mañas; pero, ¿várices? O sea, ¿qué hago yo con eso en los tobillos?
Salí de casa rumbo al centro con el mapa de mis recién estrenadas venitas en la cabeza. Cerca de la Plaza San Martín, por ahí donde los ex combatientes de Malvinas tienen un stan, me crucé con un ex compañero de colegio.
—Hola Adrián (ponele que se llame Adrián) —lo saludo—, ¿qué es de tu vida?
—Acá estoy, muy amargado —me contesta este pelotudo—; ando mal con mi mujer, ando mal en el laburo…
A los dos segundos de empezar la charla me di cuenta de que si me preguntaba cómo estaba yo, le gritaría en la oreja “¡CON VÁRICES, HIJO DE PUTA, CON VÁRICES COMO LAS VIEJAS!”.
Lo consolé con unas palmadas en el hombro y nos despedimos. Avancé por una plazoleta donde uno de los ex combatientes desenrollaba un cable y retrocedía marcha atrás, agachado, para llegar hasta un toma corriente.
“¿Tiende una trampa bobo?”, me pregunté. Seguí avanzando. En mi cabeza el mapa rutero de un mundo decadente ganaba terreno hacia arriba: “me estoy muriendo desde abajo, la muerte me trepa por los tobillos”, pensé. Después, no sé por qué, recordé las piernas de mi abuelo, y haciendo memoria me di cuenta de que él también llevaba estas mismas venitas en los pies. (more…)

Por la mitad

julio 30, 2007

IMAGENEsta parte del año me encuentra siempre con la mesa de luz sucumbiendo bajo el peso de libros por la mitad.
Tengo en la cabeza seis o siete números de página memorizados: La Sombra del Agua, de Fernando López; La Historia de Lisey, de Stephen King; Nieve, de Orhan Pamuk; Doña Flor y sus dos Maridos, de Jorge Amado; Cuentos que me apasionaron 2, seleccionados por Ernesto Sábato; Pandora en el Congo y La Piel Fría, de Albert Sánchez Piñol (los estoy releyendo).
Daría una bolsa de monedas de chocolate por una revista Gente para entrar al baño a cagar sin tantas letras.
O una Caras.
Se hojean rápido, se descartan, no molestan, a veces traen un culo, y la mayoría, un montón de titulares muy graciosos, cuando no vienen con notas que de tan bizarras dan ganas de comentarlo.
Cuando decido atravesar la puerta de la habitación de azulejos acompañado de un libro, sé que al salir correré el grave riesgo de caer, porque las piernas se me inutilizan. Luego de unos, digamos, diez minutos ahí sentado, y habiendo pasado algunas páginas, el trámite inicial pierde todo sentido y lo único que importa es seguir devorando las hojas, buscando lo que yo llamo “estructura memorizable”, que viene siendo una parte del texto que se pueda identificar con facilidad para retomar la lectura. Y demoro, porque el inconciente me dicta que debo seguir, que ya vendrá una parte mejor para tirar el ancla. Mientras tanto, las piernas se me duermen y se me solidifican, convirtiéndose en bloques de cemento erizados. Al pasar al bidet, cuando por fin libero los muslos del peso del resto del cuerpo, un estallido de sangre me recorre con vigor hasta los zapatos. Entonces debo apurarme, salir de ahí cuanto antes y buscar una silla o un banco, algún lugar donde echarme hasta que las venas se desdoblen, se flexibilicen, vuelvan a enderezarse. De lo contrario, como me ocurre a menudo, mis extremidades se acalambran dolorosamente y cada paso es imposible, cada vez que el pie toca el suelo un golpe eléctrico me recorre masticando mis pantorrillas hasta estacionarse en mi cintura.
Duele. Leer en el baño duele. (more…)

Its so easy…

julio 16, 2007

Me dieron este ticket hace un tiempo:

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Estuve tentado de quemarlo con esto:

 

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Resumen de anoche

julio 5, 2007

Crucé la Plaza San Martín apurando un pucho y me lo crucé a Doc. Crow, que justo se iba a buscar entradas a una librería.
Llegué nervioso (nací nervioso) y, cuando estuve frente al Teatro, lo reconozco, me temblaron las gambas.
Los teatros tienen esa impronta, esa cosa que no sé qué es, propia de los teatros.
Los autores pasamos tras bambalinas a esperar el turno para salir. Durante el día no había comido nada y cargaba un aliento marca ACME.
Saludé a mis compañeros de libro:
—Hola Carlos —y por dentro pensaba “sí, me comí la pata de Caradajián.
—Hola Jorge —y por dentro pensaba “sí, me comí el perro de la banquina”.
Esperamos. Metí la cabeza entre las cortinas un par de veces para ver si había llegado mi familia. No estaban.
Hablé un poco con cada uno de los que esperábamos turno para salir. Nos hermanaba, además de una publicación, esa ansiedad de “estar a punto de”, que supongo tendrán todos los que están a punto de… algo.
Empecé a pensar cosas para distraerme. Por lo general, este jueguito interno es peligroso, así que me lo tomé con pinzas. Me dije ok, una lista de alternativas para decir que tenés mal aliento comenzando… ¡ya!:
“Me lo desayuné a Keith Richards”.
“En lugar de cepillo de dientes uso un sorete”.
“En realidad me llamo Puma Rodríguez”.
“No busquen a Bin Laden, me lo comí yo”.
Estaba en eso cuando el presentador salió y empezó a llamarnos uno a uno. (more…)

El Príncipe de las Tinieblas

mayo 25, 2007

de tal palo tal estacaUn ignoto Joe Hill irrumpió en el mercado editorial norteamericano con un puñado de cuentos.
20th Century Ghosts le valió, además de una alfombra de buenas críticas debajo de los zapatos, un título de nobleza.
“El Príncipe de las Tinieblas”, le pusieron. Y le aclararon: “sos el príncipe, porque ya hay un Rey, se llama Stephen King, así que date por bien pagado, flaco, ahí tenés la puerta y nos vemos”.
José Colina desapareció por un tiempo y volvió a la carga este año, con su primera novela, Heart Shaped Box (calculo que como para meterle miedo a los que saben inglés, acá la rebautizaron “El traje del muerto”).
Nada nuevo bajo el sol; un autor con su primera novela y un libro de cuentos, buena crítica, buena prensa y si te he leído no me acuerdo.
Pero. Se supo.
Joe Hill no se llama Joe Hill a secas. Usa seudónimo. Su verdadero apellido es King, y su verdadero padre, Stephen.
Cuando me enteré de esto por la revista Ñ, se me cayeron las medias. Me dije “no puede ser”, me dije “lo que se hereda no se hurta (frase a la que jamás le encontré mucho sentido, hasta ahora)”, y me dije “tengo que comprar ese libro”.
Ayer terminé El Traje del Muerto.
Me entusiasmó porque hacía un buen rato que no le daba una oportunidad a otro autor del género. Digamos, lo disfruté.
Y estaba con esa sonrisa de recién enamorado cuando llegó un amigo que me aclaró: “sos un boludo, a las novelas se las escribe el padre”.
Menos mal que a eso no me lo dijo mientras tenía la nariz enterrada en el quinto capítulo, porque me habría arruinado el libro.
No es una novela mala, tiene mucho olor a primera novela y eso también me seduce en los textos.
Yo le creo. A él y al padre, digo. No a mi amigo.
Mi amigo ya no es más mi amigo.
Los perros y los libros son los mejores amigos.

Los Premios

mayo 23, 2007

yo lectorA principio de los noventa publiqué por primera vez.
Fue en un concurso literario nacional (¿?) organizado por una editorial de Buenos Aires, que proponían una edición conjunta, una selección de autores que, pagando, se autobombeaban.
Mandé lo que en aquél entonces me pareció que era lo mejor que tenía.
Pensaba que los escritores eran necesariamente poetas que miraban mucho la luna con cara de imbéciles, elucubrando sobre el sexo (netamente masturbatorio entonces) y el amor, seres empantanados en lugares comunes de los cuales extraían versos difíciles y estúpidos.
Seleccioné 2 poesías e hice un giro postal de $150. A las pocas semanas me devolvieron diez libros con una portada horrorosa.
Muchos amigos empezaron así.
Los primeros pasos no son siempre dignos. Y los que tenemos fijaciones, bueno, escarmentamos lento: segundo libro conjunto con otro grupo de Buenos Aires al año siguiente. Esta vez fue un giro postal de $80 para que me devolvieran diez libros más feos que los anteriores.
Hubo presentación en el Cabildo y todo. Esa tarde dejé de usar la palabra “escritor” para nombrar a cualquiera. Varado en un salón que hedía a perfume de ropero, rodeado por una legión de abrigos de pieles sintéticas, de sonrisas extasiadas con labios excedidos en rush y migas, soporté los codazos de mi hermano que se desternillaba. Un tipo empezó a leer frente a un micrófono, entonces me levanté y me fui, llevándome la poca dignidad que me quedaba.
Salí de ahí repitiéndome “no voy a volver a escribir, esto se terminó”.
Hoy decí vos que han cambiado algunas cosas.
Los concursos literarios, mal que nos pese a quienes ya no tenemos huevos para participar, se siguen celebrando, y los libros conjuntos se siguen editando.
A pesar de que hay algunas cosas que no son de mi agrado (los talleres literarios por ejemplo, o los tipos que de buenas a primeras se reciben solos de “escritores” sin que nadie los lea), pienso que todo lo que sirva para fomentar el crecimiento, es justo y necesario.
Esta actividad -a mi entender- conlleva una responsabilidad que yo defiendo a muerte: hacer que el mayor número posible de gente se enamore de lo escrito, de los libros.
Ése, me parece, es el rol esencial de los que escriben, porque si descubro un libro/autor, creo yo, descubro a todos los libros/autores.
Todos los fuegos el fuego. Dame, dame fuego.
Está bien, podemos discutir sobre calidad. De libros, autores y concursos. Podemos erigirnos en críticos despóticos y decidir quiénes tienen derecho a ocupar las estanterías y quiénes las mesas de saldo.
Nada de eso importa si hay idilio, porque con la pasión, esta relación de calentura entre autor/lector estará a salvo.
Sigo creyendo que todo hace al mismo propósito: enamorarse.
Me queda ese vicio de adolescente que escribe tocándose la entrepierna con la cara vuelta hacia la luna.
Si hay un autor que desde su lugar se encuentra con un determinado público y ambos se encaraman en una aventura, a eso hay que respetarlo.
Yo aliento a quienes escriben. Lo hago disfrutando cuando fulano de tal gana un premio (si es de mi provincia y me representa, tanto mejor). Lo hago con la misma vehemencia con la que condeno a quienes pretenden aleccionar a los lectores, esos que dicen “a este no hay que leerlo” (¿?).
Siento que mientras haya entusiastas y poetas imbéciles abriéndose las muñecas para desangrarse sonriendo, apostando a nuevos públicos para quienes nadie está escribiendo, los libros y los lectores estaremos a salvo.
Premiado o no, ese suicida estúpido es un ganador.
Y a la fiesta de celebración, entendámoslo de una vez, estamos invitados todos.

El Desierto y su Semilla

mayo 18, 2007

yo con mi libroGracias a Javier, tengo el libro.
No pienso prestarlo. Jamás.
Hay textos que se deshojan sin prisa, noche a noche, posponiendo un final que sabemos inevitable (condición inherente a todo libro, según dicen).
También hay escritores que sin proponérselo construyen un texto para exorcizar héroes en tercera persona. Son dioses paganos que manipulan la vida de seres inexistentes con una aventura imaginaria que acaba dándoles millones a cambio de que no sepulten una saga entre dos tapas duras y trescientas páginas con una misma tipografía para siempre.
Otros, que probablemente no sueñen con trascendencia ni éxito, otros que no saben dónde posar una historia que les quema las manos, escriben en Córdoba y cada un puñado pesado de años, El Desierto y su Semilla.
Algunos, muy pocos, se llaman Jorge Barón Biza.
Entre tantos, he descubierto a un escritor que me ha plantado en la imaginación un videoclip que difícilmente me borre alguna vez de la cabeza, y estoy que me peleo con él, que discuto con él en el desayuno, en el banco y en la verdulería.Eso es impagable y tiene más valor que cien Harry Potters piloteando escobas por castillos imaginarios, hablando en un idioma que olvidé practicar cuando dejé la secundaria.

Comparto mi cotidianeidad de estos días con un escritor de mi provincia.
Al menos le debo un agradecimiento en formato digital para retribuir un par de noches en excelente compañía.

(Este post quedará sólo para hablar sobre el libro, si desea más información sobre el autor y su familia, consulte aquí)

El Rey

marzo 17, 2007

La ElbaEl volumen de alguna de sus novelas es lo primero que mete miedo. Pero, contrario a lo que podría pensarse, te las devorás como si fueran folletos.
El mundo se divide en dos: los que lo aman y lo consumen como si fuera coca-cola, y los que dicen que es un mal escritor. De cualquier manera, en la biblioteca de ambos algún lomo lleva su nombre.
A It me lo fumé en tres días, y en más de una ocasión tuve que cerrar una que otra ventana. La Zona Muerta me hizo llorar más que el programa de Gastón Pauls, y continúo ahorrando como un quinceañero para comprar La Torre Oscura. Kubrick rompió El Resplandor, pero se lo ha perdonado por inventarlo a Nicholson. Cementerio de Animales es para leer con la luz apagada, y la lista de su producción es un padrón de muertos y resucitados que se recuerdan siempre con cariño.
Ayer estuve en una librería intentando conseguir Apocalipsis, pero no hay más, me dijo la chica. Compré dos libros de cuentos (hay tantos como Hay Tigres).
Los tengo ahí, en pausa.
De bolsillo o en rústica. Con tapa dura o con su fotaza en la portada, no importa cómo se arme el sánguche de lectura, lo que importa es el jamón del medio.
El jamón que carnea con maestría el rey.

Barón Biza

septiembre 6, 2006

El post y toda la información y comentarios fueron movidos a la nueva dirección del blog.

Se agradecerán los links actualizados en los sitios que tiene vinculada esta información

que ahora está disponible acá.