Archive for the ‘Cotidianas’ Category

Los miedos mínimos

abril 30, 2008

Habiendo cumplido 33 años, sabrás que no has madurado un sorete cuando no puedas empuñar una perforadora sin pensar que se trata de un arma futurista sofisticada.
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Secuencias de otoño

abril 17, 2008

Abril es un viaje en colectivo con las ventanillas abiertas, papeles que se vuelan, estornudos como regaderas, una chica con botas que me clava el taco sin querer en el meñique mientras la armónica de Dylan se me sale por las orejas.
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Licencia (II)

septiembre 6, 2007

Ensayo de carta para ningún Cabezón en particular:
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No, no va

septiembre 3, 2007

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Estoy armado

agosto 22, 2007

gun boyCon el índice y el pulgar hago una pistolita imaginaria y me apunto a las pelotas.
Gatillo, pero no pasa nada.
—Está mal —le digo a la cocina vacía—. No se puede gatillar con el dedo gordo. Debería ser con el índice. Lo estoy haciendo mal.
Hago a un lado el plato. Antes de este fútbol de fideos tenía hambre, ahora me siento tremendamente pesado, como si me hubiera comido un yunque. Le doy un trago al vaso. Me lleno la boca de jugo Tico-Tico y me limpio con el revés de la mano.
Empiezo a levantar las sobras de la mesa.
—Un baño, eso me haría bien —le digo a la heladera abierta.
El frío húmedo se me pega en los pantalones, rueda hasta los zapatos. No sé si las piernas me pesan o me duelen. Es una sensación extraña.
Vuelvo al living. En el espejo veo a un troglodita barbudo, desgreñado. Instintivamente saco el arma y lo apunto. Soy rápido, muy rápido. El tipo del espejo levanta las manos y abre grande la boca, sorprendido.
—Perdón —me dice el reflejo—, es que estoy estresaaadooo.
Separa ampliamente los labios al pronunciar las vocales estiradas.
Yo guardo el arma y me acerco despacio.
Tengo una relación extraña con los espejos.
Frente a mí tengo una “a” suspendida e interminable. A mi vez, abro bien grandes las fosas nasales y bajo el mentón. Nos rascamos la mejilla en una coreografía perfecta.
—Cuidado —le advierto—: no tenés ni puta idea con quién te estás metiendo.
Las últimas noches no he podido dormir bien, tengo sueños extraños, a mitad de camino entre pesadillas y recuerdos.
Vuelvo a la computadora. Ya no tengo ganas de terminar con el trabajo atrasado. Me pongo a tipear esto con el peso del cuerpo apoyado en un cachete del culo. Me molesta el arma en el cinturón.
Hay un ruido en el patio y la perra ladra. Dejo de tipear y vuelvo a estirar el índice y el pulgar. Apunto con mi pistolita a la ventana. Corro un poco la cortina con el cañón del arma imaginaria y asomo un ojo rojo y desquiciado.
—Cuidado, amigo. Estoy armado —le digo al vidrio.
La perra trepa a la ventana y me mira con la cabeza ladeada. Enfundo el arma. Esto es peligroso. Podría escapárseme un tiro y rompería el vidrio, la tela mosquitera, la cabeza de mi mascota.
No es conveniente ir armado cuando se está así.
Vuelvo al teclado. Releo este texto y no me siento a gusto. ¿Crisis? ¿Cuánto ha pasado desde la última vez que escribí algo que realmente me gustara?
Eso pasa cuando uso mucho la cabeza. No estoy acostumbrado.
Quiero ir a la cama. En estas noches tumultuosas siempre pongo el índice y el pulgar debajo de la almohada.
Tal vez no haga falta, pero nunca se sabe.

Labios Azules

agosto 20, 2007

Ya no me convence la explicación de que las mujeres tienen menos tolerancia a las bajas temperaturas. Me hace dudar la contradicción: las chicas se quejan porque no entran en calor en la cama, o porque quieren que las ventanas y las puertas estén herméticamente cerradas, o que la calefacción del auto brame como si fuera un crematorio con ruedas. Hasta ahí, digamos que entiendo con buena voluntad las diferencias.
Pero ¿qué pasa cuando la misma mujer se prepara para salir un gélido sábado por la noche, y se calza con naturalidad una pollerita y una remera y dice “estoy lista, ¿vamos?” ¿Es que la baja temperatura afecta los sentidos o hay algo más que no comprendemos? ¿Qué pasa cuando insistís con que lleven una campera o una túnica o un poncho para que después no se quejen de que no sienten las piernas?
Pasa lo que pasa: algunas te dicen que no les combina con el color de la hebilla que tienen en la cabeza.
Lo pienso y lo repienso y sólo puedo aventurar una explicación: el secreto de las mujeres es acumular calor en los días de reposo para poder aguantar esas noches antárticas sin que se les mueva un pelo. Es como que acopian el tufo de los calefactores (he visto mujeres que llegan a sentarse sobre ellos), o esperan que hierva el agua con las manos prácticamente sobre las llamas, o se acuestan a dormir con pesadas prendas que las dejan afiebradas, cosa que les permite después una autonomía térmica de varias horas, lo que dure una salida a la calle en bolas.
Señores: hay algo que no estamos entendiendo, y es que el rechazo por una campera no es una simple cuestión de moda ¿La verdad? No la necesitan. En cierta forma, envidio esa bendición del cielo de no sufrir el calor. (more…)

La Obsesión

agosto 17, 2007

¿Puede una persona obsesionarse con un árbol?
Pongamos por caso la década del noventa. Un Señor X, que pasa seguido por la Ruta Número 5, descubre en la ventana del colectivo la presencia fugaz en la banquina. ¿Se trata de una conífera? No importa. Decide que al día siguiente observará mejor, le prestará más atención.
De ahí en más, el Señor X espera ansioso esos segundos en los que el colectivo acelera en la recta después del monumento del ala del avión y se apresta a tomar la curva. Se yergue en el asiento, corre la cortina, pega la mejilla al vidrio y contiene la respiración: no hay que empañar el cristal, no hay que perturbar la visión.
Los meses pasan y sigue disfrutando de su ceremonia, hasta que descubre que se ha puesto en marcha una obra para ensanchar la ruta. En ese instante la certeza absoluta de que el árbol tiene los días contados lo conmueve hasta el dolor. ¿Cuánto puede quedarle? Se trata de un viejo ejemplar raleado por los claveles del aire, un palo seco de salud minada por los escapes gaseosos de la ruta, un trozo de madera con la savia reseca por el sol.
“Tengo que hacer algo” se dice el Señor X, y emprende una campaña más absurda que la anterior.
Busca su cámara y hace frecuentes viajes a un punto ciego de la ruta, donde los colectiveros (no todos, pero la mayoría) le permiten bajar sin preguntar en un tramo sin señalización.
El pasajero misterioso recorre el palmo entre curva y curva buscando un ángulo que favorezca la insignificante inmortalización, un instante en el que no molesten el sol, el viento, los autos, la geografía prescindible que hay alrededor.
Y llega por fin un día de frío y neblina. Un día perdido en el calendario al que ya no le presta atención, un momento aislado del resto; nublado, esponjoso, húmedo, perfumado de musgo y latidos cálidos de excitación.
El Señor X toca la corteza y retrocede.
Cuenta los pasos, uno, dos, tres. Se detiene en veintidós.
Levanta la cámara y dispara…
¿Puede una persona obsesionarse con un árbol?
¿Se logra algo inmortalizando un espécimen muerto de una vegetación raleada a la vera de una ruta en un punto caprichoso del mapa grisáceo de su proyecto enajenado de perduración?
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Envejecimiento ilícito

agosto 7, 2007

Hoy me bañé, me sequé y empecé a vestirme.
Después de los pantalones y la remera, me sacudí un pie y me dispuse a calzarme una media cuando vi el mapa, justo en el hueso puntudo del tobillo: várices, che.
Está bien, no eran esas cosas gordas y violáceas abultadas trepando como gusanos oscuros por debajo de la piel. Son finitas, rojitas y azuladas, una cosa rara que no sé bien qué es.
Lo primero que pensé fue que algún enano enculado conmigo se había vengado rayándome las patas con lapicera, pero no, una segunda inspección me mostró lo que más temía, que me estoy convirtiendo en una vieja.
Ya sé, uno bromea con esas cosas, comenta con sus congéneres las repentinas fatigas, los achaques, las mañas; pero, ¿várices? O sea, ¿qué hago yo con eso en los tobillos?
Salí de casa rumbo al centro con el mapa de mis recién estrenadas venitas en la cabeza. Cerca de la Plaza San Martín, por ahí donde los ex combatientes de Malvinas tienen un stan, me crucé con un ex compañero de colegio.
—Hola Adrián (ponele que se llame Adrián) —lo saludo—, ¿qué es de tu vida?
—Acá estoy, muy amargado —me contesta este pelotudo—; ando mal con mi mujer, ando mal en el laburo…
A los dos segundos de empezar la charla me di cuenta de que si me preguntaba cómo estaba yo, le gritaría en la oreja “¡CON VÁRICES, HIJO DE PUTA, CON VÁRICES COMO LAS VIEJAS!”.
Lo consolé con unas palmadas en el hombro y nos despedimos. Avancé por una plazoleta donde uno de los ex combatientes desenrollaba un cable y retrocedía marcha atrás, agachado, para llegar hasta un toma corriente.
“¿Tiende una trampa bobo?”, me pregunté. Seguí avanzando. En mi cabeza el mapa rutero de un mundo decadente ganaba terreno hacia arriba: “me estoy muriendo desde abajo, la muerte me trepa por los tobillos”, pensé. Después, no sé por qué, recordé las piernas de mi abuelo, y haciendo memoria me di cuenta de que él también llevaba estas mismas venitas en los pies. (more…)

Licencia

julio 25, 2007

¿Qué será de este cuarto de hora que pasamos a la luz de nueve velas cuando se termine julio, cuando llegue agosto, cuando estemos en vísperas de marzo?
Nueve chasquidos sobre la rueda del encendedor para ganar terreno sobre el motor de la heladera que la noche ha silenciado.
Retazos de un martes pasado y pisado.
Que cuando es hora de iluminar la sonrisa de mi pequeña, no mido los gastos.
Yo brego por el brillo monacal que me muestre el dientecito con el que tanto hemos soñado.
Es pequeño y aserrado.
Lo respetamos.
Cucharitas de plástico para la cena, soy un viejo pelotudo salpicado con puré, sonriendo de felicidad por saberme tan afortunado.
¿Qué será de esos ladridos que durante una hora rebotaron contra los vidrios empañados cuando sea otro año?
Besos de noches de martes, fotocopias de retina, un lamparón de recuerdos enfundados.
¿Cómo llegaremos a fin de mes? Me importa tres carajos.
¿Quién ganará las elecciones? Allá ustedes, me tiene sin cuidado.
A mitad de camino entre un libro de muertos y desaparecidos encontrados, las bombillas se apagaron.
Nueve chasquidos sobre la rueda del encendedor y estoy de vuelta enmarcado en la postal más extraña que me ha tocado ver desde que presencié un parto.
Mi familia pequeña al calor de una salamandra, zapatitos pequeños que colgaría de los espejos retrovisores de todos los autos.
¿Mal gusto? Chúpeme usted un huevo, y si no le alcanza, venga y míreme mientras cago.
Este mundo de juguetes regordetes, de pañales pesados, de sueños inquietos y siestas en los brazos.
Qué raro.
Estas mañanas que amanecen tan de repente con una carcajada infantil saliéndose de mi regazo.
Qué extraño.
Estos mediodías a puro babero, estas canciones que voy inventando.
¿Qué sería de mí si antes de dormir no hundo la nariz en tus pelitos despeinados?
Nueve besos sin ruido.
Ensayos de prolijidad sobre la mejilla más hermosa que jamás he besado.

Lindísimos ensayos.

Efímera genialidad

julio 13, 2007

Recordamos bien el invierno de 1994 porque se nos rompió el calefón. Llamamos a Jesús, nuestro factótum, un señor muy gracioso que hablaba siempre en voz baja.
—¿Qué le pasó? —quiso saber, al tiempo que dejaba en el piso la caja de herramientas y se quitaba los guantes y la bufanda.
—No sé, hizo blam púf y se apagó —explicó mi viejo (que no se mide con el vocabulario técnico).
Jesús quitó la tapa blanca con el isologo de Orbis y ante nuestros ojos cayó un cascarudo negro y enorme, medio momificado, probablemente muerto meses atrás. El bicho quedó tendido patas arriba sobre la piedra de la cocina y todos lo miramos.
—Claro —dijo Jesús—, ¿cómo va a funcionar si se le murió el maquinista?
Ese chiste en particular, que hizo que estuviéramos riéndonos todo el día, me pareció una obra maestra de la construcción literaria de la oportunidad. ¿Qué tiene que ver el culo con las cebollas? O sea, ¿qué probabilidades existen de que Jesús llevara ese chiste listo por si algún bicho muerto caía de las profundidades de nuestro Orbis? Pocas. O ninguna. Seguramente a Jesús lo iluminó un rayo de inspiración divina que le puso en la cabeza la idea (genial, por cierto) de que los calefones tienen maquinistas diminutos, y él, un tipo inteligente, tiró el comentario con una precisión quirúrgica. Ni María Elena Walsh lo hubiera hecho mejor.
En el arca de los chistes que nacen y mueren para pasar a la posteridad como simples anécdotas, tengo siempre presentes los siguientes: (more…)

Nevó

julio 9, 2007

Tengo nieve en el patio. Está bien, no es Aspen, pero…
Tengo nieve en el patio.
Es la primera vez que veo nevar. Está bien, no es The Storm of the Century, pero…
Está nevando en mi patio, carajo, cómo no lo voy a comentar.
Le puse a la perra una cortina vieja que oficia de cucha.
Dicen los que saben que los perros necesitan eso, que las casitas de madera son un fiasco, un negocio, un invento de los comerciantes que viene tercero en la lista del marketing sentimental golpe bajo, detrás de los días del padre y de la madre.
La perra, por alguna extraña razón, desde hace dos días ha entrado en “modo psicótico”: cava pozos por todas partes, se come la ropa del tendedero. Ahora mismo ha destrozado la cortina-cucha, y junto a la nieve que tengo en el patio hay retazos de tela. Decenas de retazos. (more…)

Acerca de las empanadas

julio 7, 2007

machos eran los de antesRaúl Lavié no se comería esta empanada. No es boludo.
Sopeso la masa amarilla y brillante, absorto ante la indignidad de estos tonos que representan fieles el color de la acidez. El repulgue es una corona de pequeños dedos atrofiados y pegajosos que se aferran a la servilleta para proteger la herida marrón de carbonada, donde refulge un amasijo de tendones y grasa.
Cacho Castaña tampoco se comería esta empanada, es menos boludo que Lavié.
En realidad, ni Atila tendría huevos para meterse esto en el buche.
Doy otro bocado y me zampo un sorbo de Coca burbujeante y dulzona. La pasta baja por mi garganta y retumba al llegar a mis entrañas.
Me enderezo en la silla y eructo.
He perdido mis habilidades.
Antes podía decir con un eructo “lo esencial es invisible a los ojos”.
Antes podía cantar como Elvis, como Paul Simon, como Johnny Cash. Les sacaba el tono igualito y me sabía de memoria todas sus letras.
Antes yo era de los que ponían “excelente dominio del inglés” en los currículums sin que me temblara la pera. Podía tener una entrevista laboral en inglés sin amilanarme y te aseguro que al empleador lo dejaba sentado de culo a la segunda respuesta.
Eso era antes.
Hasta hace poco laburé grabando voces para dibujos animados, pero no han vuelto a llamarme. Intuyo que saben que estoy mudo, que ya no puedo hacer imitaciones, falsear la voz como hacía antes.
Ahora ya no tengo ni memoria. Soy una geografía de lagunas estúpidas, dudas inverosímiles, propias de quien padece un alzheimer prematuro, o una intoxicación por empanadas radioactivas. (more…)