La irrupción de los finaditos (Vol. 3)

(leer Vol. 1 acá y Vol. 2 acá)

… apenas si lo entendimos. El cajero avanzó hacia el mozo-zombie para ayudarlo, pero esa cosa ya no respetaba a sus viejos clientes. Lo demostró pegando un salto hacia adelante y hundiéndole la boca en el cuello al empleado. Mientras los dos se iban al piso en un remolino de gruñidos y gritos, los demás nos quedamos paralizados sin saber qué hacer.

Fue Gabardina quien le puso fin a la situación, reventándole la cabeza al mozo con un matafuegos.

—Bien hecho, hombre —festejé.

—Tenemos que salir de acá cuanto antes —jadeó él—. Este banco es una gran trampa. En cuanto ellos sepan cómo entrar, no tendremos escapatoria.

—¡Que nadie se mueva! —interrumpió el Gerente.

Comprendí entonces que nuestro ejército minúsculo se había fraccionado y que los polos eran más opuestos que dos cachetes de un mismo culo.

—Si no salimos de acá, usted será responsable de la muerte de toda esta gente —dijo Gabardina.

—¡No voy a recibir órdenes ni consejos de un asaltante de bancos!

—No sea necio, hombre. Nos queda muy poco tiempo para gastarlo en discusiones menores.

—Calle la boca, ladrón —dijo con bronca, y agregó—: el que lo siga, está despedido.

De un lado estaba él con el guardia y la secretaria. Del otro estábamos Gabardina y Limpieza.

—Venga ya para acá —le ordenó Trastermbert a la señora.

—Váyase a la mierda, explotador hijo de puta —fue lo que obtuvo por respuesta.

La miré y sonreí. Se notaba que tenía lo que hacía falta para salir de situaciones difíciles como ésta. Pensé en el tipo de vida que llevan algunas personas, como si estuvieran dormidas, hasta que algo así las despierta. Todos, de alguna manera, estamos esperando una oportunidad para mostrar lo que somos realmente.

La secretaria pulposa señaló el cuerpo del cajero, que había empezado a convulsionar desperdigando espuma hacia todos lados.

—Tenemos que irnos ya —dijo Gabardina.

Empezamos a retroceder casi sin pensarlo, y en un momento me encontré corriendo junto a mis nuevos amigos. A fuerza de trapear el lugar, Limpieza conocía recovecos y atajos como si los hubiese inventado. Atravesamos pasillos y oficinas intermedias, bóvedas protegidas por rejas enormes, una cocina, un pasillo con dos baños y, finalmente, una puerta que conducía a una escalera, frente a la cual nos detuvimos a recuperar el aire.

—Esta es la salida de emergencia —nos explicó—. Hay una escalera que conduce al techo, donde está la terraza.

—¿Y qué carajo hacemos en la terraza? —quise saber.

—Por la terraza podemos cruzar al edificio del lado.

—El edificio del lado es un estacionamiento —aclaró Gabardina—. Son cinco pisos de cocheras. Ahí podemos encontrar algún auto para huir.

—Cuando crucemos al edificio de las cocheras, nos podemos dar el lujo de elegir en qué auto queremos escaparnos —dijo ella con una sonrisa cálida y discreta.

De pronto comprendí y empecé a reírme. Fue un ataque de risa tan intenso, que mis compañeros de fuga se quedaron mirándome.

—Qué boludo, cómo no me di cuenta antes.

—¿Cuál es el chiste? —preguntó Gabardina.

—No hace falta que sigan fingiendo. Ya entendí todo. Ustedes estaban por asaltar el banco esta mañana —dije entre carcajadas—. Ella era tu contacto en el interior, como en las películas.

Esa era la mirada que no alcanzaba a comprender en el rostro de Limpieza. Una mezcla nostálgica de planes truncos y negocios cerrados. A pesar de que me costaba mucho imaginar qué se siente cuando el mundo enloquece el día señalado para dar un gran golpe y dejar los trapos y los baldes, la compadecí. Ver cómo se mueren los sueños de la gente es casi tan fulero como ver que los muertos te persiguen para morderte.

—¿Importa eso ahora? —dijo ella con las mejillas encendidas por un rubor que le marcó sensualmente las arrugas.

—Por mí podrían haber planeado matar un bambi ahí adentro, me tiene sin cuidado, pero me parece muy gracioso todo esto. Disculpen si me cago de risa un rato.

Los dos asintieron en silencio y se miraron. Iba a agregar algo más sobre el mal ocote, cuando escuchamos los disparos desde el interior. Quien fuera que empuñara el arma, no sabía lo que hacía: en pocos segundos vació el cargador y empezaron los gritos.

—No quiero saber qué es lo que aparecerá por esa puerta si nos quedamos esperando —dijo Gabardina.

Bastaron sus palabras para que empezáramos a correr escalera arriba, hacia la terraza.

***

Lo que encontramos una vez que estuvimos en el techo nos dejó pasmados. A donde quiera que miráramos se veían columnas de humo y edificios en llamas. El panorama era desolador; algunos helicópteros sobrevolaban la ciudad a gran velocidad y los gritos en la calle se mezclaban con las sirenas de los policías y los bomberos. Mi compañero tenía razón, Córdoba era un caos, una sinfonía de autos chocando y gente muriendo sobre las veredas.

Mientras Limpieza corría hacia la cornisa, saqué el celular y leí el último mensaje que mi mujer me había mandado:

“AY UNO LOCOS EN LA CALLE Q MUERDEN LA GENTE. TRAE PAN CNDO VELVAS”.

Sonreí, apagué el aparato y me asomé para ver a quién le podía meter un telefonazo desde esa altura. Elegí a una mujer gorda que caminaba tambaleándose y le di justo en medio de la cabeza. Para mi sorpresa, mi objetivo se cubrió con las manos, miró para arriba y empezó a putearme a los gritos. Estaba por disculparme cuando un policía y un chico con skate (ambos muertos y resucitados) se avalanzaron sobre ella y empezaron a morderle los brazos.

—Vamos —me llamó Gabardina desde la otra punta de la terraza. Ya había trepado sobre el borde y me hacía señas con la mano—. No perdamos más tiempo.

Me disponía a seguirlos cuando escuché los pasos que venían del lugar por donde habíamos salido. Algo, pronto, estaría con nosotros ahí arriba.

—Viene alguien —anuncié mientras tomaba un trozo de caño galvanizado del suelo y me ponía en guardia.

Entre la puerta y mis compañeros sólo estaba yo con un pedazo de caño en la mano.

Bajé el arma en cuanto pude escuchar mejor y comprendí qué tenían de especial esos pasos. Eran zapatos de tacón, un sonido que siempre me ha resultado agradable.

—Dios mío, Dios mío —dijo la secretaria cuando emergió de la escalera.

Tenía la blusa manchada con sangre.

—El cajero se levantó y empezó a —dijo entre zollozos—… Fue espantoso. Y el gerente… y yo… ¡Oh, es horrible!

Avancé hacia ella y la rodeé con un brazo.

—Va a ser mucho peor si algún coso de esos te hinca un diente —dije con la vista fija en su escote—. Salgamos de acá ya nomás.

Nos unimos al resto del grupo y empezamos a caminar sobre el borde, buscando el lugar adecuado para cruzar al edificio del lado. Nos movíamos con lentitud, tomados de la mano, haciendo equilibrio para no caer. Los gritos y los disparos se escuchaban por toda la ciudad y la secretaria no paraba de sollozar. Finalmente doblamos por una pared y encontramos un andamio, gentileza de nuestra guía, quien seguramente lo había acomodado en sus ratos libres ahí arriba, a la espera del gran golpe.

Cuando estuvimos ya en el edificio contiguo empujamos el andamio y nos tomamos unos segundos para recuperarnos. Yo saqué el último cigarrillo del paquete, lo encendí y lo pasé a los demás diciendo:

—Tomad y fumad todos de él, porque, así como lo ven, es el último faso.

La secretaria rió con una carcajada exagerada y nerviosa. Limpieza, en cambio, se limitó a estirar la mano y tomar el cigarrillo. Sus labios arrugados apresaron el filtro en una seca honda y pausada. Fumaba como un cantante de tangos en un burdel, y el humo azulado enredándose en su cuello de tortuga me recordó a mi madre. Cuando yo era niño, a veces me quedaba despierto hasta que ella volvía del bingo, y me hacía el dormido cuando se acercaba a mi cama para darme un beso. Ella siempre olía a cenicero mojado, pero sus vahos me daban cierta tranquilidad, sin ellos no podía conciliar el sueño.

Acepté de vuelta el cigarrillo con una sonrisa amable.

—¿En qué auto prefieren viajar? —preguntó Gabardina.

—¡En uno rojo! —dijo con entusiasmo la secretaria.

Los cuatro miramos hacia la pared del fondo, donde una camioneta del color elegido nos aguardaba. No me sorprendió la rapidez con que Gabardina abrió la puerta y la puso en marcha, era un tipo con muchos recursos, la clase de persona que no se detiene ante una cerradura complicada.

El vehículo olía a tapizados nuevos, a plásticos lustrados. Siempre soñé con tener un auto así, aunque no para viajar en el asiento trasero. A mi lado se sentó Limpieza, que se abrochó el cinturón como por instinto.

No hacía falta verbalizar nada, sentíamos que todo el mundo nos pertenecía y que podíamos hacer con él lo que quisiéramos, a pesar de la pequeña desgracia que nos hermanaba. Lo supe por la fuerza con que Gabardina embistió la barrera de seguridad, atropellando a un tipo que se cruzó en nuestro camino, lo supe por la forma en que la secretaria festejó el incidente con gritos y aplausos.

Tomamos Chacabuco a gran velocidad, haciendo sonar los neumáticos. Allá afuera estaba el camino a lo desconocido, una avenida en la que nuestras ruedas serpenteaban esquivando obstáculos y despojos humanos.

Podemos subir por Olmos, tomar Salta y de ahí llegar hasta Nueva Córdoba, pensé. Desde ahí sería más fácil encontrar un camino fuera de la ciudad, tal vez hacia Las Sierras.

Voy a sugerirles que enfilemos por la ruta hasta Alta Gracia, pensé. Tendríamos tiempo, porque los zombies viajando a pie no llegarían hasta entrada la noche. Me pareció una buena idea.

Pensé en mi mujer, atrapada en su rutina y en su sarcasmo. La imaginé pataleando para esquivar las mordidas de nuestros vecinos y un escalofrío me corrió por la espalda. Me prometí no volver a imaginarme esas cosas, me prometí disfrutar, desde ese momento y en adelante, sin culpas.

Cargaríamos nafta y cambiaríamos los asientos en Alta Gracia, sí señor. Me sentaría al volante y estiraría la mano hasta apretarle la rodilla a mi nueva chica, claro que sí. Unos kilómetros más adelante nos sorprendería la noche, entonces me enredaría en una encamada morbosa con nuestra salvadora, “Limpieza, la mujer que indica el camino”.

Dormité el resto del viaje soñando que dormía sobre un busto caído y caliente, protegido por una mirada veterana, mientras el mundo clandestino nos tragaba sin poder masticarnos.

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El tercero (leer el primero acá y el segundo acá) de una serie de cuatro relatos (dos de los cuales son de ficción), que pertenecen a una pequeña colección que he dado en llamar: “La mano benefactora de un desconocido”.
Éste, “La irrupción de los finaditos”, por su longitud, se publicó en partes. Ésta es la tercera de ellas, pueden leer la primera acá y la segunda, acá.

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27 comentarios to “La irrupción de los finaditos (Vol. 3)”

  1. joseph Says:

    muy bueno.

  2. juan Says:

    estas muy limado

  3. Dr. CroW Says:

    Disfruté mucho con esto de los finaditos. Muy groso Playo, como siempre.

  4. matias Says:

    Acá en Unquillo nunca pasan esas cosas, y si pasan, de seguro me las pierdo…

    Coincido con los tres anteriores. Te fuiste al carajo, che. Muy bueno…

    Saludos

  5. Lucas, desde Pest Says:

    Me quede de cara. Muy bien che, muy bien.

  6. Fepe Says:

    Estupendo, me gustó el toque que agregaron los mensajes de texto

  7. Fledermaus Says:

    Muy buena huida del hogar al estilo “me voy a comprar cigarrillos”. Muy buenos climas y la historia muy copada.
    Te felicito, José.

  8. sugu. Says:

    ese vaho me es familiar..
    Relato de terror en la capital cordobesa, toque de cotideaneidad y frases barriales.. de lo mejor chango!

  9. Los deformes « ‘taquetepariócarajo! Says:

    […] beaucoup, José Playo, por su excelente relato ‘La irrupción de los finaditos’, que me hizo imaginar enfermedades varias de la […]

  10. Carla Says:

    ay ame este texto!!!!!!!!!!!!!!!!!! jajajaja!!!!! APLAUSOS!!!!

    la parte de “tomad y fumad todos de el” me hizo explotar de la risa, jajaja!!!!!!!!!

  11. mmoreno80 Says:

    Por fin una historia de zombies enmarcada en la docta. Casi, casi que me asomo por la ventana …

    Matias.

  12. José Playo Says:

    En honor a la verdad, dudé sobre continuarla o no, porque le veía muy pocos comentarios. La terminé pensando que por una vez tenía que terminar algo de lo que digo que continúa y al final no continúa nada. Gracias a todos, che. Muy alentador.
    Ando muy corto de tiempo para contestar los mensajes, eso me pone histérico, me hace sentir en falta. Prometo ponerme al día pronto.

    Abrazos y mucha alegría al saber que gustó la historia,

    José.

    PD: en cualquier momento viene el último relato de la serie benefactora. Transcurre en una veterinaria.

  13. Lucas, desde las ultimas borracheras en Pest Says:

    Te empomas a la veterinaria? eh? te la empomas? dale, a que si, a que te empomas a la veterinaria… no?

  14. Lucas, desde las ultimas borracheras en Pest Says:

    Igual, lamente que no se lo morfaran a Cuadrado. Seran zombies pero no boludos…

  15. (pueblo) Says:

    donde esta la 4ta parte,el pueblo exige la 4ta parte

  16. grillito Says:

    sssssssssselente

  17. cosok Says:

    Grossssssssso.

  18. José Antonio Garrido Says:

    Muy bueno. Si te interesa la mezcla Literatura/ciencia -a ti o a cualquiera de tus lectores- te invito a que visites mi blog: http://unavezelerizoyelzorro.blogspot.com. Un saludo

  19. Eli Says:

    José, sabés que cuando empecé a leer esta serie pensé otra historia que queda a medias, gracias por taparme la boca. SIII! es muy buena la idea, es un formato que venís barajando hace tiempo pero que no te ponés a concretarlo nunca ¿por qué no escribís una novela así?, una de estas “nuevas” novelas del formato de ciegaacitas de entrega diaria pero a diferencia de la otra en vez de cerrar cada día dejalo a la mitad. Te aseguro que te llenas de guita! que ganas premios y reconocimiento y esas cosas! … ¿y? ¿ya te convenciste?

  20. vagina way Says:

    Buenísimo José. Me encantó. Me hiciste viajar, ah, y sin fumar, ja. A ver si te lee algún director…

  21. SUGUS(ats) Says:

    Excelente la peli!!! digo peli porque a medida que iba leyendo me fui imaginando todas las escenas jajaja tengo demasiadas peliculas vistas de zombies(onda exterminio) .. POR FAVOR quiero la cuarta parte
    slds
    PD: “Tomad y fumad todos de él, porque, así como lo ven, es el último faso.” jajajajajaja… GENIAL LA FRASE

  22. vagina way Says:

    Sí, es buenísima esa frase, muy graciosa. Igual que el protagonista se quede con la más vieja… jaajja
    ¿Estás reivindicando a los viejeros Playo? jaja

  23. alfredo Says:

    muy bueno.

    podrian colaborar con http://wiskipedia.wikia.com el sitio argentino de humor libre donde todos pueden ayudar.

  24. euge Says:

    Siempre encuentro en medio de tus textos alguna frase de esas que me hacen volver a leerla. Las dos que me detuvieron: “Todos, de alguna manera, estamos esperando una oportunidad para mostrar lo que somos realmente” y “Ver cómo se mueren los sueños de la gente es casi tan fulero como ver que los muertos te persiguen para morderte”.
    Muy bueno José, me gustó mucho.

    Saludos

  25. Federico Gauffin Says:

    No hay caso, Playo. Sos un grosso!
    Ya mismo estoy viajando a Córdoba para rendir unas materias. Apenas me desocupe paso por una librería para llevarme tu libro. Abrazos!

  26. Bitacoras.com Says:

    Información Bitacoras.com…

    Si lo deseas, puedes hacer click para valorar este post en Bitacoras.com. Gracias….

  27. JAVIER Says:

    POR FAVOR CUANTA MACONIA, SINCERAMENTE ME ENCANTO.

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