La irrupción de los finaditos (Vol. 2)

(leer Vol. 1 acá)

La pantalla del televisor estaba dividida en dos, de un lado se sucedían las apocalípticas imágenes de los muertos vivientes tomadas por los móviles de exteriores, del otro lado, Jorge Cuadrado entrecerraba los ojos y se mordía el labio inferior mientras una voz en off relataba los sucesos:

Córdoba se ha poblado de muertos vivientes. Estamos reportando en directo desde la peatonal de la ciudad, que se ha convertido en un caos (las imágenes mostraban a un grupo de zombies atacando a una señora ciega que solía cantar melodías populares a los gritos). Recomendamos a las personas que no salgan de sus hogares y que se mantengan en un lugar seguro hasta que las autoridades puedan… (ruidos, gritos, gruñidos y silencio).

La cámara comenzó a moverse con movimientos bruscos.

—Cagó el camarógrafo —reflexioné al ver que el hombre corría por su vida.

Cuando volvieron a estudios, Cuadrado se mantenía impávido junto a Fabiana Dal Prá, su coequiper. Los ojos de ambos buscaban alguna confirmación, pero nadie en el piso parecía saber qué hacer.

—¡Algo le pasa a Tomasito! —gritó entonces la mujer de limpieza, haciéndonos volver del trance.

Salimos de la oficina, justo para ver cómo el muchacho convulsionaba en el suelo, echando espuma por la boca.

Llegamos hasta él y lo rodeamos. Los espasmos lo sacudían con vibrantes ondas eléctricas que estremecían su cuerpo a ritmo irregular. Me recordó al video de casamiento de mi cuñado, donde cinco minutos de filmación me inmortalizaban en una danza de sacudones similares.

—¿Se va a morir? —preguntó el cajero.

—¡Aguantá, Tomasito —alentó alguien más.

El muchacho que hasta esa mañana había hecho pasar litros de café por la puerta para bañar los intestinos lánguidos de todos ellos, se quedó quieto de repente. El guardia y el gerente se acercaron para revisarlo.

—Es mejor que no lo toquen —advirtió el tipo de la gabardina.

El guardia se volvió para mirarlo, al advertir que llevaba la escopeta en la mano, instintivamente lo apuntó con su pistola.

—Deje el rifle en el piso —le ordenó con voz trémula.

—Necesitamos armas. ¿Todavía no entiende el quilombo en el que estamos metidos? —respondió Gabardina.

Cada vez me caía mejor ese tipo.

El Gerente intervino, por única vez en su vida, con un rápido movimiento, quitándole la escopeta.

—¡Este hijo de puta quería asaltarnos! —vociferó, e inmediatamente le tendió el arma al guardia, como si le quemara las manos.

—Nada de eso importa ahora —dije—. ¿No lo ve? ¿Cómo pueden ser tan necios? ¿El capitalismo salvaje les cagó la cabeza o qué?

Decidí que lo que hicieran no era mi problema, aunque todavía me preocupaba que empezaran a los tiros ahí adentro. Era cierto, tal vez Gabardina estuviera por asaltar el banco esa mañana, pero ¿importaba eso ahora? Por mí se podía llevar hasta las plantas del decorado. Tanto él como nosotros teníamos las patas hundidas en el fondo del Lago del Mal Ocote. De pronto tuve unas irrefrenables ganas de estar de vuelta en mi cama, lejos de los zombies y de toda esta gente ruidosa. Necesitaba un buen trago en algún lugar lejos de ahí. Tal vez la caricia desinteresada de una mujer enredándome el cabello. Las tragedias me despiertan un costado romántico incurable.

Mientras aplastaba el cigarrillo en la alfombra, Gabardina me llamó a un lado y me habló con voz calma y pausada:

—Pronto deberemos elegir un bando. Las cosas han empezado a ponerse fuleras. Y yo opino que tenemos que salir de acá cuanto antes. ¿Qué le parece?

—Que hoy no debería haberme bajado de la cama. Oiga, que usted me cae muy bien, ojo. Pero tanto despelote de muertos vivos y gente con histeria me saca de las casillas.

—Lo entiendo. Pero, insisto: tenemos que hacer algo y pronto.

Tenía razón. Se lo hice saber moviendo afirmativamente la cabeza.

El Gerente nos miraba con recelo. Nuestra camaradería lo perturbaba. O le daba envidia, no sé. Era un hombre de números y sabía perfectamente que nuestras posibilidades se reducían a medida que los caídos en batalla se ponían de pie para unirse a las filas enemigas de las puertas para afuera. Si a eso le sumaba que en su preciado banco nacía un caudillo asaltante y un acólito que apagaba cigarrillos en la alfombra, el motivo de su incomodidad saltaba a la vista.

Estábamos condenados. Me bastaba con mirar a la mujer de la limpieza, cuyos ojos dejaban traslucir una desesperanza que no supe entender en ese momento. Por alguna razón, sospechaba que no se debía exclusivamente a la vertiginosidad con que el viento de la desgracia nos había tumbado. Había algo más, pero no sabía qué.

La secretaria interrumpió mis elucubraciones con un grito:

—¡Ay, miren!

Y todos miramos.

Tomasito se había puesto de pie frente a nosotros, muerto y no muerto, con los ojos más blancos que un huevo hervido. Por la forma en que torció la boca y bufó, supimos que ya no era la misma persona que había entrado minutos antes. Ahora era otra cosa.

Gabardina estaba en lo cierto, teníamos que hacer algo pronto. Yo no quería convertirme en el primer bocado de ese monstruo horroroso, por lo que retrocedí discretamente hasta ponerme detrás del Gerente. Si el primer tarascón lo recibía él, yo encantado.

Escuché a García Trastembert balbucear una orden incomprensible. Tal vez hablara para sí, pero yo no me quedaría frente al mozo-zombie para averiguarlo. Lo que pasó a continuación sucedió tan rápido que…


[continúa mañana]

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El tercero (leer el primero acá y el segundo acá) de una serie de cuatro relatos (dos de los cuales son de ficción), que pertenecen a una pequeña colección que he dado en llamar: “La mano benefactora de un desconocido”.
Éste, “La irrupción de los finaditos”, por su longitud, se publicó en partes. Ésta es la segunda de ellas, pueden leer la primera acá.

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8 comentarios to “La irrupción de los finaditos (Vol. 2)”

  1. sugu. Says:

    Roma-gos(z)a y cuadrado-se caga en las patas..
    lo sigo a full Playo..

  2. Lucas, desde Pest Says:

    Se lo morfaron al movilero pero no a Cuadrado… estos zombies me estan cayendo mal che.

  3. Fepe Says:

    Nos vas a matar a todos con la intriga Playo, esto ya me recuerda al Informe Divolta… otro que me deja con las ganas :p.

    Un abrazo, Playo.

  4. Dr. CroW Says:

    Se me llena el culo de preguntas. Quiero la continuación YA! jajajaa

  5. Fledermaus Says:

    ¿Por qué hay que esperar hasta mañana?. ¿Quién me receta unos buenos ansiolíticos?. ¿Quién me acompaña hasta el fin del mundo?.
    Me juego la cabeza que este es uno de los verdaderos, nada más que en el mundo onírico (yo sueño cada cosa…).
    Saludos.

  6. Walterio Says:

    Que no se convierta en un culebrón!

  7. La irrupción de los finaditos (Vol. 3) « Peinate que viene gente Says:

    […] Peinate que viene gente Escritos :: Humores :: Culturas :: Misceláneas « La irrupción de los finaditos (Vol. 2) […]

  8. Marbot Says:

    “Las tragedias me despiertan un costado romántico incurable.” Sublime, sublime!

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