La irrupción de los finaditos (Vol. 1)

De la serie: La mano benefactora
de un desconocido
, que comenzó acá.

Me encontraba en la cola del banco, serpenteando por un laberinto de cordones, a merced de los empujones que un cliente arrebujado en una gabardina me daba. Era un tipo de anteojos con la cara hundida en la sección Policiales, que cada vez que la hilera de gente se movía, caminaba ciego hasta chocarme. Sólo se detenía cuando las hojas se abollaban en mi espalda.

—Perdón —decía, y continuaba leyendo.

El día anterior, por la tarde, los informativos locales habían estallado con la noticia del escape de materiales tóxicos en la Planta Nuclear de la ciudad. Las autoridades recomendaban no salir de casa, pero —con o sin escapes tóxicos— las facturas vencen igual, así que a la mañana siguiente, ante la insistencia de mi mujer, yo estaba en el banco, con el ejemplar del periódico sobre los hombros.

—¿No puede irse más atrás?

—Oh, sí, disculpe.

Avanzábamos con lentitud y cuando afuera empezaron a escucharse los primeros gritos, la mayoría de la gente salió del banco a ver qué pasaba. Yo me mantuve en mi lugar. No pensaba devolverle sitio a nadie.

—¡Zombies! —gritó alguien entonces.

El tipo de atrás plegó las hojas, le dedicó una mirada desinteresada al exterior y me tendió el diario.

—Ese escape nuclear ha hecho que los muertos se levanten de las tumbas —sentenció—: es un ataque de cadáveres vivientes, como en las películas.

Lo miré y luego miré el diario. Una foto borrosa tomada con un celular había captado el tiroteo de la tarde anterior entre policías y empleados de la planta. Los hombres de mameluco no cayeron hasta que los policías les vaciaron los cargadores sobre las cabezas, que estallaron como zapallos.

Sólo quedábamos él y yo en la cola.

—Boludeces, como en todos los diarios —dije—. Si quieren ver muertos vivos, que vayan a fotografiar a la gente que sale de las clínicas de cirugía estética.

Guardamos silencio, le devolví el diario y aproveché el tiempo que me quedaba antes de llegar al mostrador para enviarle un mensaje con el celular a mi mujer:

“MUERTOS VIVIENTES EN EL CENTRO. ESTÁ JODIDO EL TEMA. LLEGO TARDE. NO ME ESPERES A ALMORZAR”.

El guardia de seguridad se acercó y me pidió que apagara el teléfono.

Esperé unos minutos. Todos estaban nerviosos y no dejaban de mirar hacia el exterior. El único cajero que quedaba se asomó sobre el mostrador y nos preguntó si teníamos noticias de qué estaba ocurriendo afuera. Ni Gabardina ni yo respondimos.

En ese momento, la señora de la limpieza, que se encontraba desparramando un líquido perfumado cerca del ingreso, dejó caer el lampazo y exclamó:

—¡Los finaditos! ¡LOS FINADITOS CAMINAN POR LA TIERRA!

El guardia llegó hasta ella e intentó tranquilizarla. Era mi turno en la caja, pero el empleado no reaccionaba.

—¡Eh! —lo llamé—. ¡Vengo a pagar!

Parecía hipnotizado. No podía quitarle los ojos de encima a las tres hojas de vidrio que nos separaban del exterior. Teníamos, a través de esos cristales, una platea preferencial: delante de nuestros ojos, dos andrajosos zombies atacaban al mozo de Fechorías, el bar del frente. El estruendo de la bandeja y los pocillos golpeando el suelo sobresaltó a todos dentro del banco.

—Mataron a Tomasito —dijo el cajero.

Le temblaba la pera y la mirada se le había vuelto acuosa, toda su cara parecía una hoja de papel sin membrete. Ese hombre tenía miedo, un miedo genuino que lo demoraba más de la cuenta para cobrarme los impuestos.

La Peatonal se había convertido de pronto en un desfile de muertos vivientes que atacaban a los transeúntes. Hombres de saco y corbata caían al piso, o se defendían golpeando a los zombies con sus portafolios.

Una señora acorralada en el palier de un edificio le pegaba con su celular a uno de los cadáveres en la cabeza. Finalmente, se la comieron.

—Lo lamento por ellos —dije—, pero si no me cobra estos impuestos, mi mujer es capaz de hacerme cosas mucho peores que la que le hicieron al Tomasito ése.

Extendí mis papeles y el muchacho los recibió para procesarlos con movimientos mecánicos. Una vez que los sellos estuvieron estampados y el vuelto a salvo en mi bolsillo, me volví con la intención de pedir fuego para encender un cigarrillo. Tenía toda la pinta de ser una mañana larga.

***

El Gerente de Préstamos salió disparado de su oficina en el momento en que el hombre de la gabardina me tendía el encendedor. Llegó hasta nosotros en el hall central y le gritó al guardia:

—¡Cierre las puertas! ¡Cierre rápido las puertas!

Era un tipo regordete, con el cuello de la camisa rematada por un nudo pequeño. Lo recordaba bien, ante él habíamos presentado los papeles para obtener un crédito y nunca nos dieron nada. Se llamaba García Trastembert, y ahora sudaba copiosamente mientras sus ojos pequeños navegaban con rapidez en la pecera de sus bifocales. También tenía miedo.

Antes de dirigirse a la entrada principal, me dedicó una mirada severa y me dijo que no se podía fumar ahí adentro. Encendí el cigarrillo de todas maneras, me acodé contra una de las cajas y solté una buena cantidad de humo hacia el techo. Una multitud intentaba ingresar al banco, agolpándose en las puertas de vidrio, entorpeciendo la tarea del guardia.

—Atrás, vayan atrás —decía García Trastembert—. ¡El banco está cerrado, no puede ingresar nadie más!

Todo pasó muy rápido; la vieja que vendía praliné en la esquina de Alvear —la dueña de uno de los mejores culos de toda la peatonal— se había convertido también, y llegó hasta la puerta para pegar su cara contra el vidrio. De pronto había una inquietante mezcla de cristianos y finaditos contra el cristal. Unos golpeaban desesperados para entrar y salvar sus vidas, otros, muertos como estaban, golpeaban por golpear.

Triste destino el de algunos culos, la mujer del praliné babeaba y bufaba, alternando sus respiraciones agitadas con gruñidos y manotazos contra la puerta. Una de sus uñas se quebró y la sangre empezó a salpicar el cristal.

—¡CIERRE DE UNA PUTA VEZ! —ordenó el Gerente.

Al pobre uniformado las manos le temblaban con violencia.

—Estamos fritos —me dijo el hombre de la gabardina.

Yo no podía quitarle los ojos a la mujer del praliné.

—Algunos culos dejan de ser un misterio cuando les sacás el pantalón que los mantiene redondos y parados —contesté.

—Mire —dijo él.

Por una de las puertas que todavía no habían cerrado, Tomasito, el mozo, se coló hacia el interior. Estaba bañado en sangre y pedía a gritos que lo ayudaran. Obviamente, lo hicieron pasar.

—Mala idea —sentenció el hombre del diario antes de que el ingreso quedara vedado.

—¿Qué pasó? —quiso saber García Trastembert—. ¡Hable de una vez! —clamó.

Tomasito se dejó caer en el piso para recuperar el aliento. Tenía una mordida brutal en el hombro derecho, le faltaba un buen pedazo de carne y la herida sangraba desparramándole sobre la camisa un río negruzco y brillante.

—Es una locura, no puede estar pasando —repetía el muchacho.

Antes de cerrar el último candado, el guardia había desenfundado el arma para efectuar tres disparos al exterior. Los estampidos resonaron ensordeciéndonos a todos. Afuera, la señora del praliné había caído sobre su culo redondo para ponerse en pie de inmediato, como si sus nalgas fueran un resorte.

Con el arma todavía humeando en la mano y una vez cerradas las puertas, el policía permanecía apoyado en una columna del interior. Me pareció que lloraba.

Aproveché que estábamos a salvo y encendí el celular. Tenía un mensaje de mi mujer:

«ESTOY PRECUPAD DNDE STAS????».

Apagué otra vez el aparato y me puse a analizar la situación.

Dentro del banco, quedábamos el Gerente de Préstamos, Tomasito, el hombre de la gabardina, el cajero, el policía, la mujer de la limpieza y la secretaria de García Trastembert, una rubia pulposa a la que le sobraba un kilo de teta y le faltaban veinte centímetros de falda. La chica tenía los ojos pegados a la pantalla del televisor que había en la oficina. Los clientes que habían salido cuando todo empezó, ahora corrían por la peatonal tropezando con los muertos y escapando de los zombies.

Éramos siete y estábamos en aprietos.

—Somos siete y estamos en aprietos —confirmó Gabardina.

Me volví para mirarlo. En sus manos ahora descansaba una escopeta de grueso calibre con el caño recortado. ¿De dónde había salido el trabuco aquél?

No tuve tiempo de reflexionarlo; la secretaria nos llamaba a la oficina.
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[continúa mañana]
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El tercero (leer el primero acá y el segundo acá) de una serie de cuatro relatos (dos de los cuales son de ficción), que pertenecen a una pequeña colección que he dado en llamar: “La mano benefactora de un desconocido”.
Éste, “La irrupción de los finaditos”, por su longitud, se publicará en partes.

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23 comentarios to “La irrupción de los finaditos (Vol. 1)”

  1. GALA Says:

    Oh, José! Me dejaste con “lintriga” mal che… muero (cuac) x leer la segunda parte cuanto antes.
    Slds

  2. faure Says:

    una metáfora de los pobres que vienen por nosotros (o la dignidad de los nadies).
    ufa! estoy sociológico hoy!
    🙂

  3. BoyCordoba Says:

    Quiero saber qué pasa! Hay un test online que te indica qué probabilidades tenés de sobrevivir a un Apocalipsis Zombie. Yo supuestamente tengo un 86% de probabilidades de sobrevivir. Cómo andarán los demás visitantes de Peinate? Y los protagonistas ya veremos mañana.

    Paso la bocha: http://www.allthetests.com/quiz21/quizpu.php?testid=1160699254&katname

  4. Poncho Says:

    Me hace sentir bien no ser el único que alguna vez miró con buenos ojos el culo de la señora del praliné de la calle Alvear.

  5. vagina way Says:

    Yo también me quedé con ganas de saber qué pasa y de mirarle el culo a la señora del praliné ja!
    Muy bueno el relato Playo, a la par de los dos restantes, que por el momento son los verídicos, no?
    Estoy tratando de imaginarme en este texto, de quién será la mano salvadora…

  6. vagina way Says:

    Este es el resultado de mi test (propuesto por Boy), pero no entiendo del todo que quiere decir. Esperaba que me dé un porcentaje también, aunque por lo que entiendo me puedo defender bien…
    “You are a good survivor, and with a little like you will probably survive the whole ordeal. Just hope your friends are as lucky.”
    José estos textos ya me dieron ganas de luchar! ja! Piña y patada voladora…

  7. El_Agustín Says:

    Está muy bueno… Pobre el mozo de fechorías!!!

    El culo y el praline que vende la “doña” son, realmente, una de las mejores cosas de la peatonal.

  8. Ex mudo Says:

    El culo de la señora es una de mis primeras imagenes de mi trasplante a Cordoba, hace ya diez añitos… y el culo sigue igual!!!
    El relato, José, como siempre: muuuuy bueno.
    Comentario solo per codere: no debia ser “la dueña de uno de los mejores…”??

  9. ojosxlente Says:

    el relato más que excelente, “MUERTOS VIVIENTES EN EL CENTRO. ESTÁ JODIDO EL TEMA. LLEGO TARDE. NO ME ESPERES A ALMORZAR” : me re cague de risa!!, la frialdad del tipo ante la situacion causa intriga, mañana leyendo de cabeza,no cabe duda…

    saludos

  10. vagina way Says:

    JA! al final… todos le conocen y admiran el culo a esta señora!!
    Entre el culo y el cuento, me muero de curiosidad.
    Mucha intriga José.

  11. BoyCordoba Says:

    Che, me cambiaron el test me parece, o le pifié de link jaj. Cuando lo hice -hace un tiempo ya- me daba ese porcentaje.

  12. Phantom Says:

    este es el verídico.. no hay dudas…

  13. sugu. Says:

    le tengo fé a Tomasito..

  14. Diego Says:

    Andan diciendo por ahí que el blog ha muerto.

  15. Fledermaus Says:

    ¡¡¡¡Hijo de…!!!!. Me siento como si tuviese 15 años y estuviese con alguna novia en casa, a punto de ponerla por primera vez y justo llegan mis viejos.
    Me quedo con toda la….. intriga.
    Saludos.

  16. Fepe Says:

    ¡Dijiste continúa mañana! Actualizá que ahora me quedo con ganas sino.

    Ayer, ni bien me avisó el señor este (Google Reader) que actualizaste entré y me fijé si era la tercera parte de la serie, y justo pispeé el “(continúa mañana)” entonces me dije: “aguanto hasta mañana y leo los dos juntos, sino me voy a quedar con las ganas”. Leí el primer renglón… luego el segundo, luego el tercero y me terminé leyendo todo ayer… y hoy no te dignaste a actualizar en todo el día.
    No tenés perdón de Dios Playo, no tenés perdón de Dios :p.

    Un abrazo José, y siga así que cada vez me atrapan más sus historias.

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  19. sugu. Says:

    me fallo Tomasito..

  20. grillito Says:

    che!! esto sucedió a una cuadra d mi casa!!! la q vende praliné (aparte d culo) tiene unas tetas!!! (compradas, en mi opinion… ) verano o invierno:ella d escote!! es increible la señora.. je
    muy buen relato, josé…
    besos

  21. Marbot Says:

    Siii zombies! : ) Ya me parecía que el de la gabardina tenía algún as bajo la manga. Los culos prearmados bajo pantalones ajustados son así, engañosos. En esos casos mejor quedarse con la intriga😛

  22. José Says:

    Zombies!!!!!!!

  23. Peinate que viene gente » Blog Archive » La irrupción de los finaditos (Vol. 3) Says:

    […] Vol. 1 acá y Vol. 2 […]

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