Mujeres que golpean

De la serie: La mano benefactora
de un desconocido
, que comenzó acá.

Todo aquello que no podamos capitalizar para convertir en una buena historia, parece, nos encadenará por años al diván de algún especialista, entonces reincidimos en un relato cíclico en el que podrán variar algunos detalles, pero en el que no faltará jamás

(…) el primer viaje en colectivo de noche —sin permiso de los padres— fue junto a dos amigos con quienes acordamos conocer esa otra ciudad. Había nervios en el andén número siete, se notaban en la mecánica repetición de la ceremonia de pisar uno tras otro los cigarrillos a la espera de la hora señalada. El plan era simple: consumar la picardía y colarnos en un departamento desocupado para emborracharnos durante dos días seguidos, sin interrupciones.

Nos dejamos caer en los mullidos cojines una vez que el chofer cortó nuestros boletos; el Gordo, en la fila de la izquierda, segundo asiento detrás del conductor, Germán y yo en la fila de la derecha, pasillo de por medio, unos metros detrás. Teníamos mochilas y bolsos que acomodamos como pudimos entre las piernas antes de empezar a abrir los paquetes. Había tutucas, latas de cerveza, chocolates y cigarrillos. Mientras masticábamos, mirábamos a los demás pasajeros que desfilaban hacia el fondo. Había de todo ese viernes por la noche porque muchos elegían, atraídos por las luces y el desparpajo del turismo, ese mismo destino, esa misma aventura que compensa los precios de todos los boletos.

Subieron parejas, hombres solos, chicos de nuestra edad, algunas señoras mayores. El interior se convirtió en una romería en la que nuestros gritos hacían flamear las cortinitas sobre las ventanas, y no menguó nuestro entusiasmo colectivo cuando se apagaron las luces y se encendieron los testigos rojos; por el contrario, aquello pareció ser un buen presagio de ambientación que se repetiría, una buena excusa para ensayar los primeros besos, las primeras manos debajo de las faldas.

Habremos tenido quince años. No más. Éramos una ojiva nuclear de hormonas, por eso nuestros ojos detectaron en el acto las dos mulatas con sus culos rellenos y parados que masticaban chicle y se pintaban la boca con la cara muy cerca de los espejos de sus carteras. Iban de pie en el pasillo. Yo no había visto jamás mujeres como aquellas, los labios carnosos, las palmas pálidas, las pantorrillas regordetas que latían musculosas haciendo equilibrio sobre los tacos inmensos. Me impactaron mucho las tetas saliéndoseles de las remeras.

—Los novios de estas minas deben tener así la pija —dijo Germán.

—Las dos pijas nuestras juntas no alcanzan ni para enroscarles a los negros ni media vuelta.

Nos reímos y hablamos un rato acerca de nuestra nula actividad sexual, encaramándonos en complejos planes para abandonar la mala suerte. Como para sellar un pacto de amistad, nos pusimos un auricular cada uno en una oreja y dejamos la aguja del dial clavada en una radio de música de los ochenta.

—Algún día vamos a tener un montón de minas.

—Hasta que no nos crezcan estas pijas, me parece que no queda otra que esperar.

Lo increíble de esta historia es que estoy absolutamente seguro de que ninguna de las dos chicas pudo haber escuchado nada de lo que hablamos. Por otra parte, en ningún momento dijimos puntalmente nada de ellas. Todo lo que conversamos tenía que ver con poner a las mujeres en un nivel superior a nosotros, como si fueran deidades inalcanzables. En incontables encuentros posteriores hemos repetido esta historia con pelos y señales, pero la frustración se repite, porque jamás damos con la clave que nos permita explicar qué fue lo que pasó.

Será, supongo, una incógnita que no develaremos jamás. Lo único que sé es que pasamos un buen rato en el andén esperando para subir al colectivo en Córdoba, y que estábamos aburridos y mirábamos para todos lados. Por eso mismo sé también que la presencia de las chicas culonas y destetadas no se nos hubiera pasado por alto. Y si no las vimos, ellas no nos vieron a nosotros, entonces no me explico cómo hicieron para saber que éramos tres los amigos que viajábamos esa noche por separado.

Ocurrió unos minutos antes de entrar en la terminal. El resto de los pasajeros comenzó a levantarse para tomar sus abrigos y bajar. El colectivo todavía rodaba y las luces se encendieron. No las vi venir porque, repito, no me lo esperaba. Tampoco se lo esperaba Germán, a quien el cachetazo de revés le marcó la mejilla para toda la vida con la huella de un anillo de alpaca.

—Hija de puta —dijo más para sí que para ninguno.

El golpe sonó como una tabla cuando se parte bajo el golpe de un martillo. Entiendo que debe haber sido un impacto duro, porque la cabeza de mi amigo rebotó sobre mi hombro y volvió a quedar congelada en una mirada de estupefacción.

—¿Por qué te metió semejante tortazo esta culia… —alcancé a decir antes de ver la sombra.

Por aquellos días se habían puesto de moda unas carteras cuadradas como cajas. Eran aparatosas y de bordes filosos, a veces enchapados en lata. Estoy seguro de que si no hubiera visto esa mancha con el rabillo del ojo justo a tiempo, habría perdido la nariz: el carterazo me dio de lleno en la sien, poniéndome a girar la cabeza como un trompo. Todo el costado izquierdo de mi cara se convirtió en una brasa caliente que dolía hasta el hueso, un latido sordo y constante que me aturdió y del que no podía reponerme. Mientras me sobaba con dos manos, alcancé a ver cómo la mujer revoleaba la cartera y la dejaba caer con igual fuerza sobre la cabeza de mi amigo Gustavo, unas filas más adelante. El golpe se escuchó clarito en el silencio que ahora nos ahogaba. Sonó como si alguien pateara una sandía.

—¡Aia! —dijo Gustavo.

—Hijas de mil puta —dijo Germán.

—¿Por qué nos pegan? —pregunté yo.

Las dos mujeres ahora estaban detrás del chofer y nos insultaba en portugués. Apenas si entendía lo que nos decían, pero estaban realmente enojadas. Una vieja desde el fondo gritó:

—Esos tres pendejos les tocaron el culo a las brasileras —y el resto de los presentes soltó un—: Ohhhh.

Faltaban algunos metros para llegar al andén y las brasileras bajaron a las puteadas. La gente pasaba junto a nosotros y nos tiraba del pelo o nos insultaba, cuando no nos cacheteaban. Fue muy desconcertante, más aún cuando el chofer amenazó con llamar a la policía para que nos detuvieran.

—Vámonos a la mierda —sugerí.

—Ya —acordó Germán.

Bajamos tropezando con los escalones, enredándonos con los bolsos y las mochilas. Cuando por fin la puerta nos escupió sobre el andén, empezamos a alinearnos la ropa y buscamos con la vista la salida. En la otra punta de la estación había una calle donde un taxista leía el diario con su volante como atril improvisado.

—Un taxi —señalé, desesperado.

—Cagamos —oí que decía Germán.

Me volví para ver cómo se nos venían encima las brasileras con sus novios. Eran, también, los primeros hombres negros que yo veía en mi vida, y me parecían majestuosos. La visión de sus cuerpos angulosos y esbeltos corriendo hacia nosotros me encandiló, y me quedé petrificado en mitad de un amague de carrera, con una pierna en el aire y un codo hacia atrás. Pensé en el chiste del argentino que cuenta que un negro lo asalta en su primer viaje a los Estados Unidos: “se me vino el negro y peló la pija”, y los amigos le preguntan qué pasó y el tipo les responde “menos mal que me violó, porque me llega a pegar con ese coso en la cabeza y me mata”.

—¡Pegálo! —escuchaba que arengaban ellas—. ¡Matálos!

Germán me tomó del brazo y tiró hasta sacarme del trance. Lo próximo que supe era que corríamos como tres impalas que apenas si comprenden el peligro anunciado en el rugido del león.

—¡Al taxi, al taxi!

Llegamos hasta el auto y el taxista ya estaba abriéndonos la puerta:

—Rápido, entren —ordenó.

Arrojamos los bolsos y saltamos detrás de ellos mientras ese ilustre desconocido volvía a su asiento y empezaba a retorcer la llave para dar arranque.

—¡Dale que vienen! —gritaba Germán.

Gustavo, por su parte, había sacado medio cuerpo por la ventanilla del acompañante y, con las manos entrelazadas, rogaba:

—Por favor, no me hagan nada, soy Católico-Apostólico-Romano, por favor, no me hagan nada.

El motor bramó justo a tiempo para sacarnos de ahí. Nos comimos un par de semáforos a buena velocidad en la huída. Mientras nos palmeábamos y le acariciábamos los hombros a nuestro salvador, veíamos empequeñecerse las figuras de nuestros perseguidores que agitaban los brazos en alto.

Tuve ganas de llorar, ese viejo pelado en su taxi era un ángel que había bajado hasta el infierno para rescatarnos.

—Gracias, señor —dije sin saber si ponerle o no mayúsculas al sustantivo.

—¿Gracias? Mirá, pibe, yo sé que alguna cagada se tienen que haber mandado ustedes, porque de otra forma no me explico que los persigan cuatro morochos por toda la terminal para cagarlos a patadas.

—¡No hicimos nada! —contestó Gustavo.

—A mí no me importa qué hicieron. Si me la jugué (y miren que el auto no es mío y me lo podrían haber hecho pelota) fue porque no hay nada en este mundo que odie más que a estos negros de mierda —dijo con una sonrisa torcida.

Yo no sé qué habría sido de nosotros sin aquel sujeto y su odio, no sé qué habría pasado si ese viejo decrépito y racista no se hubiera interpuesto para cambiar el curso de nuestra suerte.

Nunca nadie me pegó más fuerte después de esa vez.

Ese carterazo me abrió una herida en el alma que no sanará jamás. Duele como duele la confusión, la ironía, el desconcierto. Duele como las billeteras que tuvimos que vaciar para poder bajarnos y perdernos otra vez en la noche, aturdidos y contentos por nuestras heridas.

Duelen con el dolor que sólo puede inflingir una hermosa mujer.

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Este es el segundo (leer el primero acá) de una serie de cuatro relatos (dos de los cuales son de ficción), que pertenecen a una pequeña colección que he dado en llamar: “La mano benefactora de un desconocido”.

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23 comentarios to “Mujeres que golpean”

  1. Jackie Says:

    A mí una vez me metió mano un pendejo como de 15 años… hijo de puta, no lo pude alcanzar (y no para que me diera otra manoseada, aclaro, me dio una bronnnnca que lo mataba al cabrón…) Aunque en éste caso, pagaron la gracia de otro , jajajajaja.

    José, están buenísimos tus relatos. Gracias por hacerme estos momentos más livianos.

  2. Jackie Says:

    Ehm ese guiño no debería estar ahí… lo dije en serio, me enojé mucho con el atrevimiento del pendejito ese.

  3. vagina way Says:

    ¡Qué negras malas! Lo peor del caso es no saber porqué ligaste ¿no?
    Y teniendo en cuenta la última oración, me parece que también está ligada con el amor y los desengaños amorosos; cuando te mandaste alguna, está bien claro, pero cuando te dejan así porque sí o te dañan y uno piensa que hizo las cosas bien…
    El desamor es una negra mala que te parte la cabeza de un carterazo. ja!
    Muy buena la serie Playo, vamos con las otras dos!
    Dá cartas, dá cartas!…

  4. Eli Says:

    este no es real, demasiado fabulero para ser cierto! o no? decime, dale decime, ¿cual es real? no me dejes con la duda, decilooo, dale, dale, daledecimeloporfaporfiporelamordediossss

    ves, eso es lo que generás cuando le te haces el intrigante con una mujer! Ahora ¿cómo hago para despegarme de la peinate?

  5. Fledermaus Says:

    Suena muy interesante, sobretodo que no se sabe si es que las mulatas estaban de visita, o ustedes eran turistas en algún lugar.
    Los tacheros son siempre así. No he conseguido una charla con un taxista que no contenga la frase “estos hijos de puta”, “vayan a laburar” o cosas por el estilo.
    Muy bueno, José. Esperemos a los dos restantes, esto tiene que seguir en cescendo.

  6. Jackie Says:

    Somos insaciables José, me uno a Fleder que pide más🙂

  7. Diego Says:

    Aprovecho el título del post para contar un chisme sobre un amigo mío que le hace honor a ese título.
    Dicen las malas lenguas que mi amigo llamó a su mamá y le dijo:
    “mamá, me voy a separar, ella me pega, mamá, me pega”.

  8. vagina way Says:

    ja ja muy buena la anecdota Diego ja pobre tu amigo… y repito: ¡qué negra mala!

  9. vagina way Says:

    Ah, Playo buenísimo por:
    “—Gracias, señor —dije sin saber si ponerle o no mayúsculas al sustantivo.”

  10. Lucas, desde Pest Says:

    Impresionante Playo, excelente descripcion del estupor y el absurdo…
    Claro que a la distancia, bien hubieran hecho en haberlas manoteado lindo, asi por lo menos el cagadon se justificaba y no los agarraba de sorpresa. Pero claro, eso es como jugar al prode con el diario del lunes.
    Pensa en el pedazo de culpa que debe cargar el autentico ‘manoteiro’ luego de comprobar el efecto de su acto macabro. Salvo que las negras hayan sido un par de psicopatas nomas, totalmente justificable si iban a ese lugar con un lago y turistas.

    L

  11. Lucas, desde Pest Says:

    By the way, las mujeres suelen ser violentas, si… Una vez a mi vieja un pibe le metio la mano en la cartera (en la cartera dije!), y antes de darse vuelta y sacarlo carpiendo ya le habia dejado los 5 dedos marcados y los ojos como platos (Playos) de la sorpresa.
    Por esas cosas creci siendo un nene bueno. Creo.

  12. Jackie Says:

    Ma que dedos… yo le habría dejado el puño cerrado bien marcadito nomás.

    Bien por tu señora madre Lucas, aunque a últimas fechas no es recomendable ponerse pesado con nadie, el factor sorpresa es lo que a veces puede ayudar a sacar indeseables.

    chau

  13. Karmakiller Says:

    Ay mi amigo! las mujeres lastiman…y nos gusta. Me encantó el relato, entre nostálgico y humorístico…para volver a ser reflexivo.
    Pegan, sí. Como pegan!.

    abrazo man…

  14. mividaconellas Says:

    Muy buen relato, y tenés razón, esas heridas no sanan…

  15. Faure Says:

    será que somos masoquistas somos?!

    [:)]

  16. sugu. Says:

    Mi primer salida, fue a las Pías ( colegio de Córdoba que organizaba fiestas) toque un culo por presión de los mas grandes y ligué un zurdazo en la punta de la nariz.. Despúes del lagrimeo típico, entendí que la tocada no era el objetivo a cumplir.. y comencé la apoyada. Ja.
    abrazo

  17. "el que sigue" Says:

    Muy bueno playo!
    El tema de las manoseadas violatorias me parece super complejo. Todavía no puedo definir cuando está mal y cuando no lo está. Ojo, las minas tambien toquetean, inclusive hasta te lo hacen mirandote y riendose, y, obviamente lo eor es que esto no significa que la mina quiera estar con vos. O sea, un kilombo. A mi cunado me tocan, todavía nos e como reaccionar. A veces me hace sentir bien. Otras veces me da por los huevos. Y no tiene que ver con que tan buena este la mina. Si ya se….

  18. La irrupción de los findaditos (Vol. 1) « Peinate que viene gente Says:

    […] Peinate que viene gente Escritos :: Humores :: Culturas :: Misceláneas « Mujeres que golpean […]

  19. historiando Says:

    muy bueno lo tuyo me gustaria que nos enlacemos.

  20. La irrupción de los finaditos (Vol. 2) « Peinate que viene gente Says:

    […] tercero (leer el primero acá y el segundo acá) de una serie de cuatro relatos (dos de los cuales son de ficción), que pertenecen a una pequeña […]

  21. nene Says:

    las mujeres negras son de golpear fuerte, tengo entendido.
    Una vez me tocó presenciar cómo una corrió media cuadra (hablo de Bv San Juan, a la altua del Shopping Patio Olmos, no hablo de calle de barrio) a un pendejito que le había tirado una bombita de agua…cómo corría esa mujer! Era increíble lo rápido que iba! Lo cazó de los pelos y no surgió la alternativa de la piedad en ningún momento. Sí sonó un sonoro y definitivamente (a mi entender) doloroso cachetadón que lo tiró de culo al pendejito al piso.
    Pero lo que me quedó grabado en la retina fue lo rápido de la carrera de la minita, y en los oídos lo fuerte que sonó esa cachetada.

  22. nene Says:

    perdón por la redundancia ‘sonó un sonoro’. es el sueñoo….

  23. Walterio Says:

    Carterazos, cachetazos… menos mal que no pelaron un taco aguja.
    Eso si que debe doler mucho, mucho.

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