Combustión humana espontánea

una historia para olvidarMi amistad con el Picho Launna terminó el 24 de diciembre de 2000, a las once y cuarto de la noche, mientras apurábamos la segunda botella de champán.
Un poquito antes del brindis y de la cuenta regresiva, metí la pata hasta la cabeza con un error garrafal: confesé algo que no debía.
En la lista de cosas que cambiaría si pudiera volver el tiempo atrás, el primer renglón está ocupado por esa noche, en la que me gané una trompada que me dejó el ojo como un culo, en la que una amistad se consumió hasta las cenizas.
En los libros esto no figura, pero es tan cierto como que el agua moja, que el secreto de una amistad duradera es hacer algunos sacrificios, entre los que se cuentan —demandando a veces una fuerza sobrenatural— cerrar bien la jeta.
Todo lo que siguió después puede resumirse a un teléfono del que brotan monótonos tu-tu-tus y ninguna respuesta, porque cuando algo así pasa, de nada sirven las disculpas, las cartas, las notas; cuando un amigo decide que se va, se va.

Con el Picho compartíamos, además, la pasión por coleccionar todo lo que tuviera que ver con la casualidad. Nos encantaba investigar sobre el azar, sobre las cosas únicas y rebuscadas: veíamos programas, alquilábamos videos, nos prestábamos libros, asistíamos a conferencias. A los dos nos fascinaban los ribetes benefactores o agoreros del azar. Los ganadores de la quiniela, los niños que sobreviven a caídas desde balcones, los testimonios de los sobrevivientes a accidentes aéreos, la Combustión Humana Espontánea. Y en este punto, lo de la gente que se prende fuego sola de bien que está (el Picho lo llamaba «la apoteosis del mal ocote»), coincidíamos sin retrucar: era el colmo de lo improbable, la excepción inexplicable a la regla.
No sabíamos que nos tocaría vivir algo similar, que seríamos víctimas de lo que comunmente se llama «una puta casualidad».
Ese mismo hobbie que nos convirtió en detectives de la eventualidad, acabó por distanciarnos, porque cuando una de esas casualidades te toca en gracia, ¿cómo se supone que las sobrellevás? Lo supo el Picho, lo supe yo. Por mucho que lo intentáramos, no seríamos los mismos después de Salsipuedes, después de hablar con la verdad.
El mensaje era claro, como una señal, hay cosas de las que es mejor no volver a hablar.

Por ese entonces yo salía con una pendeja. Carola, se llamaba. Simpática, divertida, agradable. Vivía en Salsipuedes, que me quedaba en la relomada de la mierda, pero yo acababa de salir de un noviazgo asfixiante de más de seis años, y cargaba unos cinco meses de soltería y celibato, así que manejar un rato los fines de semana para ver cuándo se me daba la posibilidad era una apuesta sensata. Además, había tensión, un condimento especial, porque Carola no entregaba, y yo andaba caliente todo el día, como aturdido.
Los chicos me llamaban y yo los postergaba, les metía excusas estúpidas, los eludía. El mismo Picho me citó un día en un café para aclarar los tantos.
—Yo sé que estás embobado con una pendeja —me dijo—, pero no descuidés a los amigos; los amigos son lo único que te queda al final.
Y le dije que no se hiciera drama, que para sacudirme toda esa costra de relación muerta que me envolvía, necesitaba aires nuevos, alejarme un poco también de ellos, buscarle la vuelta a otra cosa, distraerme. Le aclaré también que yo sabía que con Carola estábamos divirtiéndonos, que era cuestión de aprovechar el momento que nos tocaba y que pronto las cosas volverían a la normalidad.
—¿Es buena mina? ¿Cogieron? —me preguntó antes de irse.
Le contesté que era buena chica, que ya se la presentaría, pero que todavía no había pasado nada.
—Cojan —sugirió mientras tiraba dos billetes en la mesa—. Coger acelera los procesos, para bien o para mal. No te olvides que cogiendo, la gente se entiende.

La ocasión me llegó, inesperadamente, un miércoles. Carola me llamó para decirme que tenía ganas de verme, así que arranqué con el auto y me fui hasta Salsipuedes. Una vez alguien dijo que el juego amoroso previo del hombre empieza cuando el tipo va a la cochera a buscar el auto, y tiene razón. Soy la prueba viviente, porque desde que metí la llave en el arranque y hasta que llegué a su casa, no podía pensar en otra cosa que en la matemática imperfecta de los polvos, en la serie de acontecimientos y detalles que hacen que dos personas terminen revolcándose en una cama, intercambiando fluidos, monosílabos, suspiros y esas cosas. Sigo pensando que no hay milagro más grande que esa casualidad.
A mí Carola me gustaba, pero había algo en su historia personal (de la cual ella prefería no hablar demasiado) que le impedía entregarse por completo a una relación nueva, sin importar qué tipo de relación fuera.
—Salgo de un noviazgo complicado —decía ella—. Tenéme paciencia.
Había tenido quilombos con su ex, un tipo que llevaba una doble vida, y el sufrimiento te quita razones para probar suerte en nuevas empresas.
Tal vez yo fuera el menos indicado para sacarla de ese trance, porque sólo quería ponerla, pero los dos estábamos en la misma. El celibato y el desencanto nos había convertido en fieras liberales que esperaban el momento indicado. ¿Qué otra cosa podíamos tener en mente?

Apenas vi cómo iba vestida esa noche, supe que había llegado el momento. Me lo confirmaron los besos enloquecidos, los jadeos, los tocamientos: esa era la noche, no podía haber vuelta atrás.
Yo, en un pueblo desconocido y caliente como un tapir alzado, no paraba de dar vueltas en el auto, tirándome encima de ella en cada bocacalle, apretándole las piernas cada vez que doblábamos por una esquina, hasta que por fin dijo:
—Vamos a un hotel.
En el camino, como sellando un pacto, hablamos de lo importante que es esperar el momento adecuado, de que acomodar la cabeza de cada cual es fundamental antes de… Pero a mí toda esa perorata me sonaba como un constante bla-bla-bla, porque lo único que tenía en mente era llegar al hotel, tirar de la palanca del freno de mano, y saltar sobre la cama como si fuera un canguro.
—Es un lugar un poco alejado, así evitamos el riesgo de cruzarnos con gente conocida.

Cuando por fin ingresamos al sendero de «Entrada» del hotel, embobados como veníamos, casi nos damos contra un auto que salía. Yo estaba caliente, ya lo dije, y estaba aturdido y sacado, fuera de mí, así que tardé en reconocer el auto del Picho Launna, mi amigo de toda la vida. En un primer momento me causó gracia la coincidencia, le dije a Carola:
—No lo puedo creer; ¡ese es el auto del Picho, mi amigo!
—Pero lo maneja una mujer —observó ella.
Y, efectivamente, al volante iba la novia del Picho, pero en lugar del Picho, en el asiento del acompañante había un flaco que yo no conocía.
—¡Mi ex! —exclamó ella, poniéndole nombre y apellido a la confusión—. ¡El que va con ella es Martín!
El auto pasó delante de nosotros, pero sus ocupantes venían riéndose, así que ni nos vieron. Inmediatamente ganaron la ruta y se alejaron. Carola se puso mal, muy mal, porque no planeaba darse con una situación así en ese momento, y yo… Bueno, yo estaba pasmado, con palpitaciones, una mezcla de calentura apagándose en un desconcierto creciente. Acababa de ver a la novia de mi mejor amigo saliendo de un mueble con el ex novio de la chica con la que yo pensaba sacarme de encima cinco meses de celibato inquietante, lo que menos podía era estar confundido.

Huelga decir que esa noche con Carola no pasó nada. Ninguno de los dos estaba en condiciones y, para peor de males, ella se empeñó en que la casualidad era una pésima señal del destino, así que todo se convirtió en un polvo imposible de remar y desistimos.
Las semanas siguientes me las pasé pensando en el asunto, sin hablarlo con nadie, rumiando la posibilidad de hablar con el Picho y contarle lo que había visto.
Eso, creía yo, hacían los amigos.
Al poco tiempo de mi fallido intento en Salsipuedes, el Picho se separó de su novia, y, junto a otros amigos que estábamos solteros decidimos juntarnos a brindar en navidad, ocasión que me pareció propicia para encararlo, para contarle la verdad.
Todavía desconozco por qué no me callé la boca.
—¿Qué viste? —me preguntó un par de veces con insistencia, tomándome de la remera.
—A la Fabi en el auto saliendo de un mueble con el ex de Carola —repetía yo.
—¿Qué más? Contáme ¿qué más?
Y yo repetía que nada, que eso había sido lo único. No me esperaba el sopapo, así que me caí de culo, literalmente. Y antes de que el resto de los chicos se acercara para ver qué nos pasaba, por qué discutíamos, el Picho me dijo:
—Yo iba agachado en el asiento de atrás esa noche, pelotudo. Nadie se tenía que enterar.
Después tiró a la mierda el vaso y se fue, a los pocos minutos los cohetes empezaron a explotar.
A nadie le he contado esta historia desde aquella navidad. A los chicos les dije que había diferencias que no podíamos arreglar, y que por eso el Picho se había enculado, pero que la culpa era mía y sólo mía.
¿Qué más podía hacer? Ver cómo una persona se convierte en cenizas y sale de tu vida no es agradable, pero peor es torcer el destino de las cosas, oponerse al designio de las putas casualidades, esas que te marcan la cara y te anotan en el alma que, una vez que abriste la boca, no hay nada mejor que volverla a cerrar.
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35 comentarios to “Combustión humana espontánea”

  1. Nevermind85 Says:

    Giro inesperado al final, como siempre o como nunca bah, porque me dejó pensando y me dí cuenta que no entendí la razón del enojo…

    Sí, soy un boludo, pero me gustó igual.

  2. raulo Says:

    tengo el honor de ser el primero (se me pasan muchos chistes pelotudos por la cabeza, pero los atajo, son muy malos). Me perdi, me encontre, me volvi a perder y termine cayendo con un “ahhhhh” y despues un “uhhh” (en tono mas grave), seguido finalmente por un “que grosso cuento”.

  3. raulo Says:

    no soy el primero!! buahh (otra procesion de chistes pelotudos, diferentes a los anteriores, pasa por mi cabeza, pero los atajo tambien, estos son peores).

  4. moscarey Says:

    —¿Qué más? Contáme ¿qué más?
    Pobre Picho, es muy bueno José, un saludo cordobé. Cuidate.

  5. Jackie Says:

    Me gustó… mucho.
    Últimamente hay mucho sexo en tus historias, de ese desesperado. ¿calor?
    Algunas veces sería mejor cerrar la buchaca, pero siempre le estaré agradecida a un par de amigos quienes me abrieron los ojos, muy a tiempo… (en ese caso, yo no iba en la parte trasera de un auto, jajajajaja)
    Never: nunca será agradable que alguien descubra (aún sin querer), algo que no quieres que sepa ni tu sombra.
    P.D.
    raulo: como diría Nelson de los simpsons: HAA HAAAAAA

  6. Laura Says:

    Muy buena la tensión que mantenés durante todo el relato y el final inesperado.

  7. lucas Says:

    Y por que el enojo? no entiendo!!!

  8. Rodrigo Says:

    Confieso que yo tampoco entiendo porque el enojo….
    Picho es un boludo ….se que es un cuento pero me embolé.. o estaba con el culo sucio o roto.
    Si se le dio una tricota bien por el !! que onda ?? que le dio verguenza. para mi que alguien por ahi tenia un cinturon poronguero

    Insisto sé que es un cuento, ¿es un cuento? pero está tan bien escrito, tan vivido todo, que como en las peliculas, me internalizo y puedo llegar a salir muy enojado con personajes de ficción.

  9. Viejo Says:

    está muy bien escrito pero no entendí por qué iba escondido el madafaka… merezco tabla?

  10. Pablo Giordano Says:

    Brillante comienzo.

  11. mono manzana Says:

    Atrapante José…pero tampoco entiendo que hacia Launna en el asiento de atras…se enojó poque descubriste que era boyeur o masoquista?
    Un final inesperado como las películas de Alain Delon

  12. Marina is back (with pills) Says:

    muy buen cuento, amigo, como siempre, es usted un gran escritor. Open mind, baby, open mind!

  13. grillito Says:

    me sumo a la lista de lo q no entendieron xq el enojo……….😦

  14. El_Agustin Says:

    Muy bueno el cuento… me gustó.
    Lo único que puedo agregar es que las casualidades existen. Yo las he comprobado últimamente.
    Saludos.

  15. vagina way Says:

    Bueniisimo el cuento José, me hizo reir mucho… pero mucho… “Ese es el auto del Picho, mi amigo!” ja Y sí, el Picho se enojó, es muy especial este personaje, como todos los “playos”. Hay gente que se enoja por cada cosa!!

  16. La Eli Says:

    otra vez lograste el equilibrio que me atrapa en tus relatos, no la sorpresa del final solamente sino el equilibrio entre una buena historia y los términos argentinísimos que la decoran; y hablando de eso tengo usualmente el mismo problema que vos para escribir esta palabrita:
    “—Cojan — Coger ” ¿cómo carajo se escribe, con j o con g? (como sea elegí una porque aparece en el mismo renglón con j y con g)

  17. Paula Says:

    Como podes atrapar tanto con un cuento!!!!!! es empezar a leer y no poder dejar hasta terminar!!!!!!

  18. Margarita Says:

    Yo que Picho me siento adelante con mi novia, y q el otro vaya atrás…
    Pero bue, si hubiera sido así, no tendría sentido contarlo!!!.
    Bueno el cuento. Igual, tampoco entiendo porq se enojó.

  19. matias Says:

    Me gustó mucho… y, ahora, esperando el volumen de cuentos con ansias!!!

    Lo que se ve venir, por dio’, lo que se ve venir…

    ta luego

    matias

  20. Chipako Says:

    Muy bueno el cuento, con respecto al enojo mi apreciacion es la misma que la de Jackie, el chabon NO iba en el auto, pero hay cosas que uno prefiere no saber y, al ver que otro te abre los ojos, lo mas comun es tratar de taparlas y matar al mensajero…
    Si he entendido mal el cuento no sera la primera ni la ultima vez.
    Che hace bocha que no comento, me habia olvidado de lo que era, saludos Jose, no comento pero siempre me doy una vuelta y leo.

  21. "el que sigue" Says:

    esta muy bueno esto de los los ritmos de lectura que te propone un texto. Este me lo leí a las chapas. Es como que el tipo era un poco freak y hablaba rapidísimo. Lindo cuento. Algunas cosas no me terminaron de convencer con respecto a la manera de decirlo, pero sinceramente no se cuales. Me estaré volviendo un critico caprichoso pelotudo????

  22. vic Says:

    Anímese Playo.
    Publique que está muy bueno.

  23. federicogauffin Says:

    La experiencia me ha enseñado que “cerrar la boca” en estos casos, es lo peor que se puede hacer. En este caso en particular… Qué mal culo!

  24. Bonifacio Flores Says:

    Cada vez que escucho o leo la palabra “tocamiento”, se me pone tirante el calzoncillo.
    Me gusta mucho cómo trabajás con los diálogos.
    Te mando un abrazo.-

  25. Tapi Says:

    Aunque no concurro a este tipo de lugares, generalmente la “Entrada” no es independiente de la “Salida” y ambas solo estan iluminadas de rojo?? La pregunta es porque motivos el otro coche iba a contramano??

  26. Monita Says:

    Tapi aguafiestas… qué sabés cómo son los telos en Salsipuedes!!! y el tema del enojo del Picho, sí, es un poco oscuro nomás. Le faltó un cachito de pistas para que a la mayoría nos cayera la ficha. Igual sirve para que cada uno especule y cierre el cuento como más le guste…y al que le quepa el sayo de Picho que se lo ponga!!!

  27. La Lau Says:

    Coincido con Jackie y Chipako. Por eso el enojo no tiene sentido. Un tipo de mente tan abierta como para dedicarse a esas practicas, no se enoja así.

    Pero me quedó una duda…Te cojiste a Carola???

    Un abrazo…

  28. grillito Says:

    bonifacio: me dio mucha gracis esa expresion: “se me pone tirante el calzoncillo”.. je.
    a mi me hace acordar (el cuento) a una peli francesa que creo q se llama “una relacion particular” en la que un tipo publica un aviso y una mujer se va a encontrar con él, y empizan a verse siempre para ir a un hotel, y asi pasa la peli y nunca entendí de qué se trata la relación… qué es lo que hacen en la habitación.. capaz soy medio tarada.. (aparte de que mi comentario esta plagado de “y”.. ja)
    bueno.. cada uno le da el sentido que le parece al enojo del Picho.. (gracioso apodo, por cierto)
    besos..

  29. juan Says:

    josé escribí más cosas como esta.

  30. kuli Says:

    y carola por´qué se enojó? juaaaa

  31. José Playo Says:

    Los que no le encontraron motivos para el enojo, les digo que me convencieron de que no los hay -al menos justificados-. Cuando lo venía escribiendo me pareció que podía ser lógico que el Picho se enojara al ser descubierto. Veo que, como la mayoría no lo percibe así, me pareció como el culo, así que es algo para cambiar.

    Gracias por el aporte, fuera de joda que es muy valioso.
    Prometo que en su versión papel esta instancia cerrará de una mejor manera.

    Abrazos,

    José.

  32. "el que sigue" Says:

    no se josé…(siempre quise que esta frase entre asi de bien).
    Me parece que las personalidades son muy diferentes. No me parece NADA raro que alguien se pueda enojar por eso. Ahora quizas no da para que por eso se consuma una amistad.
    Ahora yo tambien me estopy convenciendo de que los que no entienden el enojo tienen razón.
    je.

  33. La Lau Says:

    Yo igual todavía quiero saber que pasó con Carola…………..

  34. José Playo Says:

    elque: ayer hablé con Esteban Llamosas, que también leyó el cuento y tuvo ambas sensaciones seguidas. Somos muchos con dudas; es un hecho, hay que reescribirlo.

    La Lau: ahí anda, está mejor, labura en la recepción de una empresa constructora. Le va bien, es buena mina😉 .

  35. 20 nuevos espantos discográficos « Peinate que viene gente Says:

    […] que viene gente Restaurando lentamente… « Combustión humana espontánea Entrevista a Leandro Zanoni (eBlog) […]

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