Detalle

feliz en tu d�aLos cordobeses somos fallutos.
Puedo determinar por qué, por ejemplo, a los santiagueños se los tilda de dormilones; no hay prueba más evidente que sus faraónicas siestas.
Ciento cincuenta grados a la sombra en verano es un argumento/excusa contundente. Pero no sé qué hace que los cordobeses seamos fallutos.
A un cordobés podés distinguirlo cuando hacés una invitación:
—¿Venís esta noche? —le preguntás a un cordobés.
—De una, a las 22 estoy ahí —te contesta.
Obviamente, no aparece.
Para un cordobés los compromisos no son serios. Decir que sí, quedar en algo, es un plan perfectamente descartable.
—¡Te esperé y ni pisaste! —le podés recriminar al día siguiente.
—Naah, pasa que justo tuve que hacer… una cosa… —te contesta.
Podría determinar (con un poco de real malicia e imaginación) por qué, por ejemplo, a los porteños se los trata de agrandados; el tamaño de la ciudad donde viven los justifica, de otra forma, tanto hormigón y tantas calles se los come. De igual modo sé que si a la gente del sur se la tilda de solitaria, tendrá que ver con el condicionamiento del medio ambiente (no es lo mismo salir a comprar puchos a las tres de la mañana en Ushuaia que en Rosario). Puedo darme una idea también de por qué a la gente del norte (Salta o Jujuy, sin ir más lejos) se los asocia indirectamente con el vino y el asado (tengo amigos de allá que chupan como para matar a un gaucho); o, si vamos al caso, por qué los chaqueños son todos Palavecinos.
Pero del cordobés, de por qué el cordobés te dice que sí cuando no, de por qué te falla sin que le remuerda ni una vez la conciencia, ni puta idea.
Esto, que es un razonamiento bastante infantil, una teoría sin sustento, un pensamiento nabo en voz alta, me sirve para justificarme.
Hoy cumple años uno de mis mejores amigos.
Haciendo cuentas con mi mujer, nos dimos con que es la única persona que ha estado con nosotros en las buenas y en las malas.
En todas.
Es el “antiprototipo” del cordobés, la excepción a mi regla.
Hace poco inauguró un bar con algunos amigos y, como no podía ser de otra forma, falté.
Esta mañana mi hermano me llamó para recordarme:
—Hoy cumple Juancito.
Pensé en mandarle un desayuno sorpresa, o alguna boludez de esas que no me representan.
Prefiero saludarlo por acá. Decirle muchas gracias, Juan. Decirle “te quiero, Juan”, y que la cosa siga como tenga que seguir.
Levanto una copa virtual por mi primo/amigo.
Mi corazón falluto lo saluda con latidos de reincidencia.

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