¡Click!

obturaA mí que no me vengan a romper las pelotas.
Yo soy el que puso sobre el mostrador de la disquería El Perro el bolso azul con los quinientos y pico de CDs, ahí en la galería de la General Paz, debajo de Lado B.
O sea, no me vengás a hablar de sacrificios, porque yo no he parado de llorar desde entonces. Y mirá que pasaron como quinientos años, pero yo todavía veo la huella grisácea del lomo de todos esos discos, como el garabato de un fantasma jugando sobre la pared.
O sea, la puta que te parió, me quedé con la batea vacía, me desprendí de mi colección de joyitas; discos que en esa época, en que hablar de internet era como hablar de usar energía nuclear para limpiarse el culo, no se conseguían.
Había que ir a la disquería, pedir el catálogo, pasar la uña por la letra que te gustara y jugarte a que te trajeran un sorete. O sea, éramos aventureros. Y cuando te tocaba un CD que no valía ni el celofán en el que venía envuelto, no te quedaba otra que dárselo al Perro para que lo pusiera en el exhibidor de “usados”, y ahí recuperabas, pongamos, con suerte, cuatro pesos.
O sea, cuatro putos pesos de los 25 que habías gastado.
Sin embargo, muchas veces la pegabas y entonces había un lomito más para tu discoteca. Y se sonreía. Y a los CDs se los escuchaba toditos, empezando, hasta aprenderte el estribillo de memoria, con el tema que te pegaba primero.
Qué sé yo la cantidad de gente con bandas raras que nos hacíamos traer.
Por eso te digo: a mí que no me vengan a romper las pelotas, porque yo hice los dos caminos, el de ida y el de vuelta; ahorré y compré discos, y después, en una suerte de patíbulo musical, dejé caer un bolso azul sobre el mostrador y dije que los vendía.
Uno de los chicos que atendía se me acercó y me susurró al oído “no lo hagas, man”, como en las películas. A mí, o sea, a mí, que sabía mejor que nadie lo que perdía.
No le di bola. Lo miré al Perro y le dije “comprámelos”. O sea, entré, abrí el bolso y le dije “comprámelos”. El Perro, tipo bicho como todos los perros, me dijo “te tengo que cagar con el precio y vas a perder plata, esto vale mucho y yo lo pago mal”.
A mí. A mí, que había sopesado una Nikon reflex y necesitaba la guita.
O sea, a mí que no me vengan a romper las pelotas, porque cuando me invitó a pasar a la oficina para que le explicara de qué estaba hablando, yo ahí nomás le solté que el mundo era hermoso si lo mirabas a través del objetivo. O sea, le hablé de una pasión, y lo próximo que recuerdo es subirme al asiento trasero de su ciclomotor con destino al Carrefour, donde con su tarjeta pagó los 510 pesos que costó mi primera FM10.
Más Valeria que Lynch, más tarde gané un concurso y el premio fue una Canon EOS 500, la cual vendí junto con la mía para comprar, finalmente, la que usaba el FBI en la década del 70, la que me requetecagaba de gusto en serio, la Nikon FE: hermosa, cromada, pesada, sólida, fría y calculadora, precisa, sanguinaria, donde ponías el ojo ponías el fotograma y todas esas huevadas.
Y de ahí en más, mirá lo que te digo, las cosas no hicieron si no mejorar: empecé a ahorrar para comprar objetivos, gasté no sé cuánto en película, en ampliadoras, en líquidos cloacales para revelar rollos y fotografías. Aprendí a copiar bajo el rojizo fulgor de un cuarto oscuro, donde las pupilas me quedaban como huecos infinitos desde donde brotaba algarabía.
O sea, lo mío era un pedo rosa, una nube flatulenta que me envolvía y me hacía creer que mi destino era ser fotógrafo; o sea, pasearme por la vereda de las guerras para tomar postales, visitar edificios en ruinas donde descansaran soldados junto a juguetes rotos y manchados con sangre para hacerle entender a la gente dos cosas: la guerra era mala y yo era el hijo de puta mejor entrenado para fotografiar lo que fuera. Después, obvio, viajaría por el mundo trabajando para National Geographic, que me pediría a gritos “¡Queremos fotos del culo de los mandriles!”, o “¡Retrate por favor el kilométrico pene del elefante asiático!”. O sea, National Geographic se bajaría los leones conmigo.
Pero.
Y ahí se fue todo a la mierda. Una tarde de martes.
Los martes son los días en los que ocurren las peores desgracias.
O sea, los martes te pueden llamar para que le saques unas fotos de estudio a unos caños de escape de motos para un catálogo.
A mí, que ya estaba viendo cómo bicicletear a la National Geographic con los viáticos, venían y me pedían que le sacara unas fotos a unos caños de escape de mierda.
A mí.
O sea, fui. O sea, pagué el alquiler del estudio y armé el escenario, colgué con tanza los caños cromados y le pedí a mi hermano y a un amigo que me ayudaran.
Y ahí el mundo se me vino abajo.
O sea, no tenía ni puta idea de cómo sacarles. Me sentía un estafador consumado. Me decía a mí mismo “las fotos van a salir horribles, me van a putear, me van a confiscar el equipo, me van a meter uno de estos escapes en el culo”, mientras los caños se balanceaban como huesos metálicos bajo la luz puntual que pedía a gritos un diafragma 8.
Y me tiré en una silla a llorar.
Decí que mi hermano saltó y me dijo “no seas boludo, dame, las saco yo”.
O sea, el pelotudo de mi hermano, que jamás se había leído un puto libro de fotografía, que no se había arruinado 5 camisas y tres chombas con líquidos reveladores, me dijo “Dame la cámara. ¿Cómo se saca? ¿Así?”.
Está bien. Es un tipazo mi hermano, ok.
Cuando acabó el turno del estudio, el pendejo había disparado 32 fotos mientras mi amigo anotaba todo en una libreta para llevar el registro.
O sea, yo estaba ahí sentado, hecho mierda, devastado, arruinado, hundido en mi miseria, asqueado por el hedor putrefacto de mi vocación muerta. Y mi hermano y mi amigo sonreían.
Y descolgamos los caños y guardamos el equipo.
Y mi hermano no va y me dice “che, aprieto acá para rebobinar y no pasa nada”.
O sea, apretabas el botón, le dabas a la manivela y… nada.
Me había olvidado de cargarle película en la cámara.
O sea.
A mí no me vengas a romper las pelotas con las cámaras y con los rollos y con la National Geographic. Man, no me hablés de caños de escape, ¿estamos? No me digás nada.
Sobre aquél fondo infinito que se comía la iluminación puntual, recordé mis discos, mis maravillosos CDs, el grito constipado de Screaming Jay Hawkins, la fruición estudiantil de The Animals, la hipervoladura de cerebro de The Velvet Underground. Y quise llorar. O sea, llorar-llorar, como los chicos.
Porque era tarde.
En mi cabeza, una a una se fue desbarrancando la pila así de discos de fusión, la de étnicos.
Ahí en ese cuarto alquilado se me murió David Byrne en los brazos, y Neil Young se quedó mudo, y The Cure empezó a hacer folclore.
Mientras le daba un billete de diez y otro de cincuenta al dueño del estudio, Lou Reed se pegó un tiro en Crónica, The Doors sacó un disco de cumbia, Nick Cave se hizo cuáquero, Van Morrison se puso un puesto de panchos electrónicos en el centro.
Y yo, cuando crucé la puerta y salí a la calle, ya no fui jamás el mismo.
Fue un martes.
O sea.
Uno de esos días en los que se te muere una vocación, tu hermano demuestra todo lo que vale como persona, confinás un equipo fotográfico a la frialdad de un placard, y todo se va a la mismísima mierda.

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Una respuesta to “¡Click!”

  1. ILU P Says:

    OH PLAYO! No puede ser…

    Todavía tenes el equipo?? CUANTO? CUANTO? CUANTOOOO??!!
    🙂

    Los martes son días fatídicos, son días de ir al Taborin a nadar y cagarse de frío a la salida. No es como los jueves que son días de super, porque en el disco te hacen descuento con la grande tarjetta…

    En fin, yo tenía 12 años y quería ser fotógrafa… pero nunca me di bola porque un año antes había querido ser veterinaria… cosas de chicos. Aunque el pasado diciembre estuve planteándome seriamente hociquear en la Spilimbergo a ver si podía convertirme en media fotógrafa. (fotómana)

    BESOS JOSEPH

Los comentarios están cerrados.


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