Personas sin culo

noviembre 10, 2019

Entre los años 2016 y 2018, por alguna razón que no alcanzo a comprender, me quedé sin culo.

La afirmación no es metafórica ni hace referencia a la falta de suerte para, por ejemplo, ganar algo en el casino; la expresión es literal.

Yo ya venía sospechando que algo no andaba bien en la zona trasera porque cada vez se me caían más seguido los pantalones, pero ahora ya es un hecho confirmado: me quedó el dorso liso de tanto estar sentado.

La prueba definitiva se me presentó en mi última compra de ropa, esta semana.

Me decidí por las prendas de oferta de la góndola de un supermercado (700 pesos por un jean no está nada mal), y cuando di un giro frente al espejo, el reflejo acusó la ausencia de carne en mis posaderas con una contundencia indiscutible.

–¿Y mi culo? –dije y me escuchó también mi compañera, que se encontraba removiendo buzos de frisa en otra batea, llenándose de estática.

–Es que estás muy flaco –diagnosticó sin mirarme–, pero se puede arreglar.

–¿Cómo que se puede arreglar? –quise saber mientras giraba hacia uno y otro lado frente al espejo.

–Con un poco de gimnasia; los glúteos son músculos y se pueden entrenar –me explicó sin mirarme.

–¿Como los influencers de Instagram? Lee el resto de esta entrada »

Se busca electricista

noviembre 1, 2019

Quiero hacer andar el velador junto a mi cama, pero apenas termino de arreglarlo y lo enchufo, la explosión me deja la habitación llena de olor a plásticos quemados.

Abro la ventana a pesar del frío: estamos en agosto, el mes en el que las puertas de los autos dan descargas eléctricas. Creo que es por la estática, o algo así. Como sea, es el mes en el que te ponés la campera, caminás dos pasos con las crocs y te salta una chispa azul del cachete cuando vas a darle un beso a tu tía.

Y yo le tengo terror a la electricidad.

Mi primera mala experiencia fue de chico, con un portalámparas. Estaba sobre la cama fascinado por la sensación de tener los huesos ardiendo cada vez que metía los dedos en el cilindro.

No existía real conciencia de que me estaba electrocutando, sólo una intriga genuina ante el castañeteo de los dientes y los temblores involuntarios.

Me salvó un adulto que entró en la habitación y me hizo saltar del susto cuando gritó.

Desde entonces todo lo que tenga que ver con “la corriente” me pone los pelos de punta.

Será por eso que respeto mucho a los electricistas.

–¿Qué pasó? –quiere saber mi compañera, alertada por el fogonazo. Lee el resto de esta entrada »

Se lava las manos

octubre 30, 2019

Una vez estábamos parados con un amigo conversando en una esquina cuando de una alcantarilla vi salir una cucaracha enorme, prehistórica.

Mientras este otro me hablaba, el bicho aleteó dos veces, emprendió vuelo de forma aparatosa y le aterrizó directamente sobre los labios.

Eso sí me causó impresión, no así la confesión que me hace ahora mi amigo en un bar céntrico.

Él está muy preocupado porque la mayoría de sus compañeros de laburo no se lavan las manos después de ir al baño y el tema lo afecta un montón.

Lo conozco desde 1994, cuando empezamos a cursar la carrera de Psicología. Éramos los dos únicos varones en el aula y lo primero que me dijo fue “Nos vamos a cansar de ponerla hasta que nos recibamos”.

El vaticino quedó trunco cuando él se pasó a Administración de empresas un mes después. Hacía mucho que no lo veía, no sabía que andaba tan embrollado.

–¿Te parece que es para tanto? –le digo. Lee el resto de esta entrada »

La música del azar y otras milongas

octubre 20, 2019

En el año 1978 mi abuelo se ganó el Prode. Le acertó a todos los resultados que había que poner en el cartón con la definición de los partidos de fútbol.

Por esos años Emilio trabajaba en un bar y revoleó la bandeja y la rejilla a la mierda cuando se anotició de que podía empezar a paladear su repentina vida de nuevo rico.

Era mucha guita.

Calculo que el suyo fue un récord: antes de que hubiera pasado un año tuvo que volver a su antiguo trabajo ya que la fortuna entera se le había traspapelado en el casino.

En mi familia, la ludopatía no es una cuestión que se tome a la ligera. Y el recuerdo del Prode desvanecido entre ruletas, dados y naipes pesa tanto que nunca es tema de sobremesas; mencionarlo hace que broten labios fruncidos y que mi vieja se lamente por la falta de previsión y criterio para administrar el premio.

–Ese dinero, bien invertido, alcanzaba para varias generaciones –dice siempre poniendo la cabeza entre las manos.

Mi abuelo se murió en 1995. Muy pocas veces conversamos de lo que sintió cuando descubrió que la suerte le había sonreído de esa manera.

No le gustaba hablar de eso y cuando alguien lo traía a cuento, el recuerdo de esos meses como millonario le hacía cambiar el gesto por una mueca indefinida que no sabía si atribuirle a la nostalgia o al arrepentimiento.

De toda la experiencia nos quedó un álbum con recortes de prensa de la época. Lee el resto de esta entrada »

Una esquina peligrosa

octubre 10, 2019

Una vez, justo en esta esquina, me cagué de un golpe. Habré tenido 11 años y me dejaron acá con una misión:

–Te quedás quieto sin joder hasta que yo venga –encomendó mi padre antes de meterse en una quiniela que había cerca.

Como era de suponer, apenas lo vi desaparecer me puse a matar el tiempo subiéndome a una pirca para caminar con los brazos extendidos, como hacen los equilibristas sobre la cuerda floja.

Tal vez el recurso de poner los brazos en cruz funcione, no lo sé. Lo que sí puedo asegurar es que cuando pisás un ladrillo flojo arriba de una pirca las posibilidades de irte de ojete al piso aumentan considerablemente.

Caí –por algún motivo que no puedo explicar– con los dos cachetes al unísono sobre las baldosas e hice un ruido como de aplauso con guantes.

Ese día descubrí la existencia del coxis, que es un hueso que duele más que la primera ruptura amorosa cuando se golpea.

Recuerdo –además de las estrellitas saltándome frente a los ojos– mi propio grito de sorpresa. Lee el resto de esta entrada »

Dos cachorras

octubre 3, 2019

Hace un mes, alguien nos tiró por encima del alambrado dos cachorras caninas (de raza genérica) recién destetadas.

Descubrimos los regalitos por la mañana, cuando nuestra perra se puso a ladrar como loca mientras iba y venía volteando macetas y sillas en señal de protesta.

–Son hermosas –dijo mi compañera apenas las vio.

Estuve de acuerdo, aunque el diagnóstico estético estaba lejos de calmar la ansiedad que me daba sumar bolsas de alimento al presupuesto.

Me dio por las bolas que nos empujaran así a una adopción forzada, pero a puro movimiento de rabos se terminaron quedando.

Una es flaca como un suspiro y la otra parece un globo con pelos: las bautizamos como BruceLea y Cerdusconi, aunque mi compañera las llama cariñosamente Flacunza y Peluda.

Y comen como lima nueva. Apenas el plato toca el piso se abalanzan con la fruición de los famélicos. Lee el resto de esta entrada »

Caza furtiva y escabeches deliciosos

septiembre 28, 2019

La llegada del invierno auguraba un plan que mi viejo esperaba ansioso: salir a cazar por las Sierras con su amigo Martínez, usándonos a mi hermano y a mí de perros.

La debilidad de mi padre siempre fue la perdiz en escabeche.

Eran los gloriosos años ‘80 y Martínez –aparentemente– conocía muchos dueños de campos donde se podía uno meter para bajar esos bichos a los escopetazos limpios.

El fin ulterior era preparar las aves en aceitosos frascos llenos de cebolla y zanahoria, en los que flotaban por igual los granos de pimienta y las municiones.

Martínez y mi viejo esperaban los meses fríos y entonces ponían a punto unas escopetas del año del upite, se calzaban unos borceguíes de cuando hicieron la colimba y se alistaban para peinar la geografía serrana en busca de algún coto virgen. Lee el resto de esta entrada »

Le evolución del monstruo

agosto 15, 2019

Inclusive hoy –que ya soy grande y tengo más herramientas–, la bestia todavía me puede ganar la pulseada.

De todas mis obligaciones es la más agotadora, silenciosa y complicada. Y sin dudas a la que más tiempo le he dedicado toda mi vida.

Calculo que por eso siempre le tuve tanto cariño a la criatura inventada por la dupla Stan Lee-Jack Kirby en mayo de 1962. En realidad descubrí al Increíble Hulk años más tarde, cuando Bill Bixby y Lou Ferrigno (hombre y bestia respectivamente) compartían pantalla a la hora de la merienda para mostrar al único superhéroe que no tiene control sobre sí mismo.

Me identifiqué con el personaje de inmediato; a la pulcritud exasperante de Superman, al humor pícaro del Hombre araña y a la facha arrolladora de Batman, se oponía el descontrol total de ese bicho que hacía bosta todo a su paso.

Ahí donde un Iron-Man se quedaba flotando en los vientos huracanados de la duda sopesando soluciones diplomáticas, ahí donde Thor hablaba del poder de los dioses y los conjuros, Hulk arrasaba sin preámbulos, volteaba paredes y hacía volar por el aire los autos. Lee el resto de esta entrada »

Van Gogh para niños

agosto 10, 2019

Más o menos una vez al mes, mis hijas cambian de profesión. Creo que, salvo por las de astronauta y contador público, pasaron por todas las carreras.

–Cuando sea grande, voy a ser médica de gatos –dicen un día, con la misma convicción que al siguiente pueden asegurar que se dedicarán a ser intendentas honestas.

Lo que es la inocencia de los niños.

Hablamos cada tanto de los goberntantes cuando vemos las pintadas callejeras que califican a los funcionarios con el cordobesismo “culiadazo”, y las charlas tratan temas tan disímiles como las ciencias políticas y el uso del aumentativo.

Intento explicarles todo con la mayor claridad que puedo, y a veces peco de bocón al no usar eufemismos.

Será que no quiero subestimarles la maduración, será que me encanta escuchar cómo crujen los engranajes de sus paradigmas infantiles cuando sus cabecitas van ampliando el espectro de entendimiento. Lee el resto de esta entrada »

Galopear la realidad

agosto 5, 2019

La velocidad máxima a la que puede correr un ser humano es de 45 kilómetros por hora (eso si hablamos de un deportista entrenado o de un preadolescente al que la madre lo persigue blandiendo en la mano una chancleta).

Por su parte, un león hambreado que se cruza con una gacela puede alcanzar los 80 kilómetros a toda baba. Y esa marca se aproxima bastante a la que puede romper un caballo, que bien espoleado y ligero de peso consigue –sobre superficies propicias– taconear los 90 kilómetros por hora.

–¿Cómo sabés esas cosas? –me pregunta mi hija.

–Porque en mis tiempos libres googleo pavadas –me sincero–. Y porque no me llevo bien con los caballos.

–¿Nunca anduviste a caballo? –quiere saber con la carita embargada por la intriga.

Le explico a mi hija que son animales demasiado altos, musculosos e impredecibles. Y que me siento más cómodo cuando están lejos.

–Monté muy pocas veces en la vida y siempre en verano –le confieso–; y es todo lo que voy a decir al respecto.

Adrede elijo callar una experiencia traumática que tuve, porque no quiero que herede mis miedos. Lee el resto de esta entrada »

No olvido el patio del colegio

julio 30, 2019

Yo sabía que a esa hora de la mañana me esperaban una buena y una mala: primero, el placer de imitar a un tenor cantando el himno mientras izaban la bandera; segundo, la amenaza del Tanque Marini, un compañerito que se afeitaba los bigotes desde segundo grado y que –por alguna razón emparentada con el sadismo– disfrutaba del dolor ajeno casi tanto como de chupar el saché de los juguitos congelados.

Su técnica favorita para infligir castigo era la aplicación trapera de un tincazo en el cartílago de la oreja.

¡Cuánta maestría había en ese golpe salido de la nada!

Recuerdo como si fuera hoy el ruido, el fogonazo de adrenalina y susto, y la brutalidad de la impotencia (sobre todo cuando era invierno) al sentir que se te partía la carne como si fuera una galleta de agua.

El Tanque Marini se había ganado el apodo por el calibre de su humanidad y su peso específico. Pero a pesar de esa anatomía monstruosa se las ingeniaba para hacer movimientos ninjas mientras formábamos fila y –escurriéndose entre la hilera de piernas– daba el tincazo sin hacerse notar, justo en el instante en que la directora carraspeaba para dar los buenos días. Lee el resto de esta entrada »

Modo “invernalia”

julio 25, 2019

El Tato es joven, tiene fuerza y anda sin laburo fijo. Es hijo de uno de los albañiles que construyó la casa de mis viejos y se da maña para hacer de todo.

Así que cada tanto golpea las manos y me pregunta desde la calle si hay alguna changa. A veces hay, a veces no.

–No tengo un mango, Tato –suelo decirle–, pero apenas me gane el Quini te aseguro que se acabaron los problemas.

Me está costando una fortuna ser millonario. Claramente elegí el camino más complicado, que es apostar todas las semanas un billete para embocar una combinación de números azarosa en el Quini y en el Loto. Me tengo una fe infantil, cimentada sobre la idea de que alguna entidad divina me va a recompensar por la insistencia.

–¿Quiere que arreglamos el alambre? –me propone mientras acaricia la perra–. Hacemos la jornada por comida hasta que aparezca la moneda. Lee el resto de esta entrada »