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Oda a Chinasky

febrero 1, 2008

En algún lugar de la ciudad estará ahora Chinasky.
Sólo hacen falta un descuido y una puerta mal cerrada para que la calle abra la boca y se trague a tu perro.
La ciudad tiene hambre de mascotas pequeñas. Las debe usar para minar nuestros sueños. A eso se dedica la ciudad cuando no la vemos, a sembrarnos la almohada de pesadillas con animales muertos.
Jamás me han gustado los perros. Soy chico de departamentos diagnosticado oportunamente por un profesor de gimnasia en el patio de un colegio lejano en el tiempo. Me pasé los primeros 26 años de mi vida encerrado en espacios pequeños, grises, con ventanas que encuadraban hileras de ladrillos color hueso. Me tomó un buen tiempo acostumbrarme a que los cielos no eran figuras geométricas caprichosas y pasaron años hasta que comprendí la posibilidad de una ventana intermediando entre mis ojos y un árbol, por ejemplo.
Los chicos de departamento sabemos que los únicos animales con los que convivimos son las cucarachas, los ratones y los murciélagos.
Un dormitorio compartido con alimañas, tres repisas dobladas por el peso de los libros, camas rengas haciendo equilibrio sobre revistas, colchones hondos que se tragaban de un bocado todos los anhelos.
La ciudad parece vengarse de mi huida hacia la tierra de los barrios periféricos y entonces me roba un perro, dejándome solo con una multitud de soretes pequeños.
Está bien. Chinasky tenía los días contados en el patio: le esperaba un trabajo de sereno en una maderera en cuanto comenzara a soñar con estacionar el pito entre las piernas de mi otra perra.
Ella, mi otra perra, se ha quedado triste. No sé si por la pérdida del amante en potencia o si por una cosa medio maternal que descubro en todas las criaturas desde que soy padre.
La miro y le digo: —A comer.
No responde.
Yo no quería tener perros. Que algo así me pase ahora me hace sentir ridículo y de ánimo menstruante.
A los diez años, en el cuarto piso de un edificio, me hice amigo de los libros.
—¿Para qué otra cosa? —le digo a mi perra, quien persiste en su mutismo con formato duelo.
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